LO QUE
SUSURRA EN LA OSCURIDAD
H. P.
LOVECRAFT
I
Tened muy presente que en último término no presencie ningún horror
visual. Decir que una -conmoción mental fue
la causa de lo que deduje -aquella última gota que me hizo salir a
escape de la solitaria granja de Akeley y lanzarme, en plena noche, por las desoladas montañas de Vermont en un
vehículo requisado— , no es sino querer ignorar los hechos más palmarios de mi
experiencia final. No obstante las cosas tan fascinantes que tuve ocasión de
ver y oír y la imborrable huella que en mí dejaron, ni siquiera hoy puedo
afirmar si estaba o no equivocado por lo que respecta a mi horrible de- ducción. Ya que, después de todo, la
desaparición de Akeley no prueba nada. No se encontró nada anormal en su casa a
pesar de las huellas de proyectiles que había dentro y fuera
de ella. Daba la impresión de que hubiera salido a dar una vuelta por
las montañas y, por algún motivo desconocido, no hubiese regresado. No habla la
menor indicación de que alguien hubiera pasado por allí, ni de que aquellos
horribles cilindros y máquinas hubiesen estado almacenados en el estudio. El
hecho de que Akeley profesara un temor reverencial hacia las verdes y
abigarradas montañas y los innumerables cursos de agua entre los que habla
nacido y se habla criado, tampoco quería decir nada en absoluto, pues se
cuentan por millares las personas sujetas a tan morbosas aprensiones. La
extravagancia, además, podía contribuir a explicar
los extraños actos y recelos en que incurrió hacia el final.
Todo comenzó, por lo que a mí respecta, con las históricas, y hasta
entonces jamás vistas, inundaciones de Vermont del 3 de noviembre de 1927. Por
aquel entonces era yo, al igual que sigo
siendo hoy, profesor de literatura en la Universidad de Miskatonic en
Arkham, Massachusetts, y un entusiasta aficionado al estudio del folklore de
Nueva Inglaterra. Poco después de la inundación, entre los numerosos reportajes
sobre calamidades, desgracias y auxilios organizados que llenaban las páginas
de los periódicos, aparecieron una serie de extrañas historias acerca de
objetos que se encontraron flotando en algunos de los desbordados ríos. En
ellas hallaron pie muchos de mis amigos para enfrascarse en curiosas polémicas,
y acabaron recurriendo a mi
confiando de que podría aclararles algo al respecto. Me sentí halagado al
comprobar en qué medida se tomaban
en serio mis estudios sobre el folklore,
e hice lo que pude por reducir a su justo término aquellas infundadas y
confusas historias que tan genuina mente parecían tener su origen en las
antiguas supersticiones populares. Me divertía mucho encontrar personas cultas
convencidas de que debía haber algo
de misterioso y perverso en el fondo de aquellos rumores.
Las leyendas que atrajeron mi atención. procedían en su mayor parte de lectores de periódicos,
aunque una de aquellas increíbles
historias tenía una fuente oral y a un
amigo mío se la reprodujo su madre en una carta que le envió desde
Hardwick, Vermont. Lo que se describía en ellas era en esencia lo mismo, aunque
parecía haber tres variantes: una estaba relacionada con el río Winoski cerca
de Montpelier, otra tenía que ver con el río West en el condado de Windham, allende Newfane, y una tercera se
centraba en el Passumpsic, condado de
Caledonia, al norte de Lyndonville. Desde luego, muchos de los artículos hacían
referencia a
otros ejemplos, pero en última instancia todos ellos parecían
reducirse a estos tres. En todos los casos los campesinos afirmaban haber visto
uno o más objetos muy extraños y desconcertantes en las agitadas aguas que
bajaban de las poco frecuentadas
montañas, y había una acusada tendencia a relacionar aquellas visiones con un primitivo y semiolvidado
ciclo de leyendas tradicionales que los ancianos revivían para el caso
en cuestión.
Lo que la gente creía ver eran formas orgánicas muy distintas de
cualesquiera otras vistas con anterioridad. Naturalmente, en aquel trágico
periodo, los ríos arrastraban muchos cadáveres de seres humanos. Ahora bien,
quienes describían aquellas extrañas formas estaban totalmente convencidos de
que no se trataba de seres humanos, a pesar de algunas aparentes semejanzas en
tamaño y aspecto general. Tampoco, decían los testigos, podían ser las de
ningún animal conocido en Vermont. Eran objetos rosáceos de un metro y medio de
largo, con cuerpos revestidas de un caparazón provisto de
grandes aletas dorsales o alas membranosas y varios pares de patas articuladas,
y con una especie de intrincada forma elip- soide, cubierta con infinidad de
antenáculos, en el lugar en que normalmente se encontraría la cabeza. Resultaba
realmente curioso hasta qué punto coincidían los relatos de las diferentes fuentes, aunque en
parte se explicaba por el hecho de que las antiguas leyendas, difundidas en
otro tiempo por toda la montañosa
comarca, aportaban un cuadro morbosamente vivido que podía muy bien teñir la
imaginaci6n de todos los testigos implicados. De lo que deduje que los testigos — todos ellos gentes sencillas e
ingenuas de comarcas escasamente pobladas habían vislumbrado los destrozados y
abotagados cadáveres de seres humanos y animales domésticos en las turbulentas
aguas, y el recuerdo latente de las antiguas leyendas les habla llevado a
revestir de atributos fantásticos a aquellos cadáveres dignos de la mayor
compasión.
Aquellas leyendas, aun cuando nebulosas, ambiguas y en gran medida olvidadas por las actuales
generaciones, tenían unos rasgos muy singulares y sin duda reflejaban ‘la
influencia de primitivos relatos tradicionales indios. Era algo que, aunque
jamás había estado en Vermont, conocía bien gracias a la curiosísima monografía
de En Davenport, en la que se recopila material de la tradición oral recogido
con anterioridad a 1839 entre las personas más ancianas del estado. Este material, por otro lado, coincide casi
puntualmente con historias que he escuchado personal mente de boca de
los ancianos campesinos de la región montañosa de New Hampshire. Brevemente
resumidas, hacían referencia a una raza oculta de monstruosos seres que
habitaban en algún perdido lugar de las más remotas montañas, en los densos
bosques de las más altas cumbres y en los sombríos valles bañados por cursos de
agua de origen desconocido. Rara vez eran avistados estos
seres, pero había testimonios de su presencia, aportados por quienes se
habían adentrado más allá de lo normal en las vertientes de determinada montaña
o aventurado en las profundidades de determinados barrancos que hasta los lobos rehuían.
En el limo depositado a orillas de los arroyos y en los terrenos yermos había unas extrañas huellas,
que no podía decirse si eran de pies o de zarpas, y unos curiosos círculos de piedras, con la hierba arrancada a su
alrededor, que no parecían haber sido colocados allí ni configurados por la acción de la naturaleza. Había también
unas cuevas de dudosa profundidad en Jas
laderas de las montañas, cuyas bocas de acceso estaban cerradas por grandes piedras dispuestas de forma nada casual y
con más extrañas huellas de lo normal, las cuales se encaminaban tanto
hacia el interior como hacia el exterior de la
cueva… en el supuesto de que su
dirección pudiera determinarse exactamente. Y lo peor de todo era lo que
algunas personas arriesgadas habían visto, ocasionalmente a la luz del
crepúsculo, en los más remotos valles y en los frondosos y empinados bosques por encima de los límites normales de ascensión.
Todo habría resultado menos alarmante si los relatos aislados de tales
acontecimientos no hubiesen coincidido en tal grado. En efecto, casi todos los
rumores que circulaban tenían algo en común, ya que sostenían que aquellas
criaturas eran una especie de grandes cangrejos de color rojizo, con muchos
pares de patas y dos grandes alas como de murciélago en medio del lomo. Unas veces caminaban sobre todas sus patas y otras solamente sobre el par
trasero, utilizando las restantes para transportar grandes objetos de
naturaleza desconocida. En cierta ocasión fueron vistos en crecido número, al tiempo
que un destacamento suyo vadeaba, de tres en línea en forma- ción
prácticamente militar, una corriente de agua poco profunda que discurría entre
frondosos bosques. En otra ocasión, se vio una noche a uno de aquellos seres volando, tras arrojarse de la cima de una
colina pelada y solitaria, y desaparecer en el cielo después que sus grandes
alas batientes reflejaron por un instante su silueta contra la luna llena.
Aquellos seres no parecían tener, por lo general, la menor intención de
atacar a los hombres, aunque a veces se les hizo
responsables de la desaparición de algún que otro osado individuo --sobre
todo personas que levantaban casas demasiado
cerca de ciertos valles o próximas a las cumbres de determinadas
montañas. El asentamiento en muchos lugares se hizo poco recomendable,
perdurando esta creencia aun mucho
después de olvidarse la causa. Un escalofrío se apoderaba de la gente al
dirigir la mirada hacia algunos barrancos próximos en las estribaciones de
aquellos siniestros y verdes centinelas, aun cuando no recordaran cuántos colonos habían desaparecido y
cuántas granjas habían ardido hasta reducirse a cenizas.
Pero, mientras según las más antiguas leyendas aquellas criaturas sólo
atacaban a quienes violaban su intimidad, había relatos posteriores que dejaban
constancia de su curiosidad con respecto a los hombres y de sus tentativas por
establecer avanzadillas secretas en el mundo de los seres humanos. Circulaban
historias de extrañas huellas de zarpas vistas en las proximidades de las ventanas de alguna
solitaria granja al despuntar el dia, y de alguna que otra desaparición en
comarcas alejadas de los núcleos que se hallaban, evidentemente bajo los
efectos del hechizo. Historias, por lo demás, de susurrantes voces imitadoras
del lenguaje humano que hacían sorprendentes ofrecimientos a los solitarios viajeros
que se aventuraban por caminos y senderos abiertos en los frondosos bosques y
de niños aterrorizados por cosas vistas u oídas en los mismos linderos del
bosque. En la etapa final de. las
leyendas — la etapa inmediatamente anterior al declinar de la superstición y al
abandono de los temidos lugares—-, se encuentran sorprendentes referencias a ermi-
taños y solitarios colonos que en algún momento de su vida parecieron
experimentar un repulsivo cambio de actitud
mental, por lo que se les rehuía y rumoreaba de ellos que se habían vendido a aquellos extraños
seres. En uno de los condados del
noreste parece que hacia 1800 estuvo de moda
acusar a todas aquellas personas que llevaban una vida retraída o
excéntrica de ser aliados o representantes de las
detestables criaturas.
Por lo que se refiere a la naturaleza de aquellos seres, las posibles
explicaciones diferían sobremanera. Por
lo general se les designaba con el nombre de «aquéllos» o «los antiguos», aunque otras denominaciones
tuvieron un uso local y transitorio. Es muy posible
que el grueso de los colonos puritanos viese en ellos, lisa y llanamente, a la
parentela del diablo, hasta el punto de hacer de aquellos seres el fundamento
de una especulación teológica inspirada en el terror. Quienes tenían sangre
celta en sus venas — sobre todo el elemento escocés-irlandés de New Hampshire y
sus descendientes asentados en
Vermont gracias a los privilegios otorgados a los colonos en tiempos del
gobernador Wentworth—- los
relacionaban vagamente con los genios malignos y con los «faunos» que habitaban
en las tierras pantanosas y en las fortificaciones orográficas, y se protegían
de ellos por medio de fórmulas mágicas transmitidas de generación en
generación. Pero las teorías ‘más fantásticas eran, con gran diferencia, las de
los indios. Si bien las leyendas
diferían según las tribus, habla una acusada tendencia a creer en ciertos
rasgos característicos, estando unánimemente de acuerdo en que aquellas
criaturas no pertenecían a este mundo.
Los mitos de los pennacook, que por otro lado eran los más coherentes y
pintorescos, indicaban que los seres alados procedían de la celeste Osa Mayor y tenían minas en las montañas
de la tierra de las que extraían una clase de piedra que no existía en ningún
otro planeta. No vivían aquí, señalaban los mitos, sino que se limitaban a
mantener avanzadillas y regresaban volando con grandes cargamentos de tierra a
sus septentrionales estrellas. Sólo atacaban a los
seres terrestres que se acercaban demasiado a ellos o les espiaban. Los
animales les rehuían debido a un temor instintivo, y no por miedo a que
intentaran cazarlos. No podían comer ni cosas ni animales terrestres, por lo
que se veían forzados a traer sus víveres de las estrellas. Era peligroso acercarse a aquellos seres, y
a veces los jóvenes cazadores que se aventuraban en sus montañas
no regresaban. También era peligroso escuchar lo que susurraban al caer la noche sobre el
bosque con voces semejantes a las de una abeja que tratara de imitar la voz humana. Conocían las lenguas de todas
las tribus
— pennacooks, hurones, cinco naciones...—,
pero no pa- recían tener ni
necesitar una lengua propia. Hablaban con la cabeza, la cual experimentaba
cambios de color conforme a lo
que quisieran expresar.
Todas las leyendas, ya tuviesen su origen entre los blancos o entre los
indios, se desvanecieron en el curso del siglo XIX, a excepción de algún que
otro atávico resurgir. El estado de Vermont se fue poblando de colonos, y una
vez levantados los habituales caminos y
viviendas según un plan fijado de antemano,
sus habitantes fueron olvidando poco a poco los temores y prevenciones que les
impulsaron a poner en marcha aquel plan,
e incluso que hubieran existido tales temores y prevenciones. Lo único que
sabia la mayoría de la gente era que ciertas comarcas montañosas tenían fama de
insalubres, improductivas y, por lo general, que era poco aconsejable vivir en
ellas, y que cuanto más lejos se estuviera de ellas mejor marcharían las cosas.
Con el transcurso del tiempo, los trillados caminos que imponían la costumbre y los intereses económicos acabaron
por arraigar tanto en los lugares en que se asentaron que no había por qué
salir de ellos, y así, más por accidente que por designio, las montañas frecuentadas
por aquellos seres permanecieron desiertas. Salvo durante alguna que otra rara
calamidad local, sólo las parlanchinas
abuelitas y los meditabundos nonagenarios hablaban ocasionalmente en voz baja
de seres que habitaban en aquellas montañas; e incluso en aquellos
entrecortados susurros reconocían que no había mucho que temer de ellos
ahora que ya estaban acostumbrados a la presencia de casas y poblados y
que los seres humanos no les importunaban para nada en el territorio elegido
por ellos.
Hacía tiempo que sabia todo esto debido a mis lecturas y a ciertas
tradiciones populares recogidas en New Hampshire por lo que cuando empezaron a
correr los rumores sobre? la época de la gran inundación, pude fácilmente
‘deducir el trasfondo imaginativo
sobre el que se habían levantado. Me esforcé
en explicárselo a mis amigos, y, a su vez, no pude menos de divertirme cuando
ciertos individuos de esos que les gusta
llevar siempre la contraria siguieron insistiendo en la posibilidad de que hubiera algo de cierto
en aquellos rumores. Tales personas trataban de poner de relieve que las
primitivas leyendas tenían una persistencia y uniformidad significativas, y que
la naturaleza de las montañas de Vermont, prácticamente aún por explorar; no
hacía aconsejable mostrarse dogmático acerca de lo que pudiera habitar o no en
ellas. Tampoco se acallaron cuando les aseguré que todos los mitos tenían unos
conocidos rasgos característicos en común con los de la mayor parte del género
humano, ya que venían prefigurados por las fases iniciales de la experiencia
imaginativa que siempre producía idéntico tipo de ilusión.
Fue inútil demostrarles a mis contrarios que los mitos de Vermont apenas diferían en esencia de
las leyendas universales sobre la personificación natural que llenaron el mundo antiguo de faunos, dríadas y
sátiros, inspiraron los kallikanzarai de
la Grecia moderna y confirieron a las tierras incivilizadas como el País de
Gales e Irlanda, esas sombrías alusiones a extrañas, pequeñas y terribles razas
ocultas de trogloditas y moradores de madrigueras. Resultó inútil, igualmente,
señalar la aún más sorprendente similitud que
guardaban con la creencia común entre los habitantes de las tribus
montañosas del
Nepal
en
el
temible
Mi-Go o
«abominable hombre de las nieves» que está
espeluznantemente al acecho entre las cimas de hielo y roca de las altas
cumbres del Himalaya. Cuando saqué a colación este dato, mis contrarios lo
volvieron contra mí, alegando que
ello no hacía sino demostrar una cierta historicidad real de las antiguas leyendas; y que era un
argumento más a favor de la efectiva existencia de alguna extraña y primitiva
raza terrestre, que se vio obligada a ocultarse tras la aparición y predominio
del género humano, y que era muy posible que hubiese logrado sobrevivir en
número reducido hasta épocas relativamente recientes... o incluso hasta
nuestros mismos días.
Cuanto más me incitaban a la risa tales teorías, más se aferraban a
ellas mis empecinados amigos, llegando a añadir que incluso sin la ascendencia
de la leyenda los rumores que corrían eran demasiado claros, coherentes,
detallados y sensatamente prosaicos en su exposición, como para ser
completamente ignoradas. Dos o tres fanáticos extremistas llegaron al punto de
querer encontrar posibles significados en las antiguas leyendas indias, que
atribuían un origen extraterrestre a los seres ocultos, al tiempo que citaban en apoyo de sus argumentos los increíbles
libros de Charles Fort en los que se
pretende demostrar que viajeros de otros mundos y del espacio exterior hacían
frecuentes visitas a la tierra. La mayoría de mis adversarios, no obstante, eran simples románticos que no hacían sino
transferir a la vida real las
fantásticas tradiciones de «faunos» al acecho popularizadas por ese excelente
autor de relatos de terror que es Arthur Machen.
II
Como suele ser normal en tales circunstancias, esta apa- sionante discusión acabó viendo la
letra impresa en forma de cartas al Arkharn
Advertiser, y algunas de ellas fueron reproducidas en los periódicos de las
comarcas de Vermont de donde provenían
las historias sobre la inundación. El Rutland
Herald publicó media página de extractos de las cartas de ambos bandos
contendientes, mientras que el Brattleboro Reformer reprodujo en
extenso una de mis largas reseñas sobre historia y mitología, junto con unos
comentarios aparecidos en la columna de pensamiento e ideas de El Diletante en apoyo y elogio de mis escépticas conclusiones. En
la primavera de 1928 yo era ya una figura bastante conocida en Vermont, aun
cuando jamás había puesto los pies
en dicho estado. De aquellas fechas datan las extraordinarias cartas de Henry
Akeley que tan profundamente me
impresionaron y me llevaron, por primera y última vez, a aquella fascinante
región atestada de precipicios verdes
y susurrantes arroyos que corrían entre frondosos bosques.
Casi todo lo que sé de Henry Wentworth Akeley procede de la
correspondencia que mantuve con sus vecinos y con su único hijo, que vivía en
California, a raíz de mi breve estancia
en su solitaria granja. Akeley era, según descubrí, el último representante en
su suelo natal de una vieja familia de juristas, administradores y agricultores
de buena posición muy conocida a nivel local. En su caso, empero, la familia
había derivado mentalmente de las cuestiones prácticas a la pura erudición,
pues fue un excelente estudiante de matemáticas,
astronomía, biología, antropología y folklore en la Universidad de Vermont.
Hasta entonces jamás había oído hablar de él y apenas se deslizaban
detalles autobiográficos en sus
comunicaciones, pero desde el primer momento me di perfecta cuenta de que era
un hombre educado, inteligente y de una gran personalidad, aunque fuese un
recluso sin el menor aire de hombre de mundo.
A pesar de la inverosimilitud de lo que decía, no pude evitar, en un
primer momento, tomar los juicios de Akeley tan en serio como lo hacía con otros impugnadores de mis puntos de vista.
Por una parte, estaba
muy cercano al fenómeno real
—visible y tangible—
sobre el que tan grotescamente especulaba; por otra, estaba asombrosamente
dispuesto a dar a sus conclusiones un
carácter provisional, como haría un auténtico
hombre de ciencia. No se dejaba llevar por sus inclinaciones personales,
guiándose siempre por lo que consideraba datos contrastados. Desde luego, al
principio creí que estaba equivocado, si bien le di cierto crédito por estimar
inteligente su error,
y en ningún
momento se me ocurrió
emular a unos amigos suyos que atribuían sus ideas a la lo- cura y el
miedo que profesaba a las solitarias y verdes cumbres. Pude advertir que era un
hombre que hablaba con conocimiento de causa y comprobé que lo que decía debía
proceder, casi con toda seguridad, de extrañas circunstancias que merecían
consideración, aun cuando apenas tuvieran que ver con las fantásticas causas a
las cuales él las atribuía. Posteriormente, me remitió ciertas pruebas
pertinentes que venían a plantear la cuestión sobre bases algo distintas y
sorprendentemente extrañas.
Lo mejor será que transcriba íntegra, en cuanto sea posible, la larga
carta en que Akeley se me daba a conocer, y que constituye un importante hito
en mi vida intelectual. Ya no la tengo en mi poder, pero mi memoria retiene
casi palabra por palabra su asombroso mensaje. Una vez más afirmo mi creencia
en la cordura del hombre que la escribió. Aquí está el texto... un texto que me llegó en los
ilegibles y arcaizantes garrapatos de alguien que evidentemente no tuvo mucho
contacto con el mundo durante su apacible vida de estudioso.
R.F.D. n.0 2.
Townshend,
Windhem Co., Vermont.
5 de mayo de 1928.
Mr. Albert N. Wilmarth. 118 Saltonstall St.
Arkham, Mass.
Estimado señor:
He leído con gran interés en el Brattleboro
Reformer’s del 23 de abril su carta sobre las historias que circulan
últimamente acerca de extraños cuerpos que se han visto flotando en nuestros
ríos durante las inundaciones del pasado otoño y sobre las curiosas tradiciones
populares con las que tan perfectamente concuerdan. Es fácil comprender que un
forastero adopte una postura como la suya, e incluso que El Diletante se muestre de acuerdo con usted. Tal es la actitud
que suelen adoptar las personas educadas ya sean o no de Vermont, y fue
mi actitud de joven (ahora tengo 57 años)
antes de que mis estudios, tanto generales como del libro de Davanport, me
indujeran a recorrer algunos rincones poco frecuentados de las montañas de la
comarca.
Me vi impulsado a emprender tales estudios por las extrañas historias
que oía de boca de ancianos granjeros sin la menor formación, aunque lo mejor
hubiera sido dejar las cosas como
estaban. Modestia aparte, diré que la antropología y las tradiciones populares no me son en absoluto desconocidas.
Las estudié a fondo en la universidad, y estoy familiarizado con la mayoría de
las autoridades en la materia: Tylor, Lubbock, Frazer, Quatrefages, Murray,
Osborn, Keith, Boule,
G. Elliott Smith, etcétera. Para mí no es ninguna novedad que las
leyendas sobre razas ocultas son tan antiguas como la vida misma. He visto las reproducciones de
sus cartas, y de quienes participan de su opinión, en el Rutland Herald, y creo saber
cuál es el estado actual de la polémica.
Lo que intento decirle es que mucho me temo que sus adversarios se
hallen más cerca de la verdad que usted, aun cuando la razón parezca estar de
su parte. Están incluso más cerca de la verdad de lo que ellos mismos creen...
pues se basan únicamente en la teoría y, naturalmente, no pueden saber todo lo
que yo sé. Si yo supiera tan poco como ellos, encontraría justificado creer
como lo hacen. Estaría completamente de su parte, Mr. Wilmarth.
Como puede ver, estoy dando un gran rodeo
hasta llegar al objeto de mi carta, probablemente porque temo llegar a él. En
resumidas cuentas, tengo pruebas
fidedignas de que unos seres monstruosos viven realmente en los bosques de las altas cumbres por las que no transita
nadie. No he visto a ninguno de esos seres flotando en las aguas de los
ríos, como se ha dicho, pero he visto
seres semejantes en circunstancias que casi no me atrevo a repetir. He
visto huellas, últimamente las he visto tan cerca de mi casa (vivo en la vieja
casa de los Akeley, al sur de Townshend Village, en las estribaciones de Dark
Mountain) que no me atrevo siquiera a decírselo. Y he
alcanzado a oír voces en determinados lugares de los bosques que ni
siquiera osaría describir sobre el papel.
En cierto lugar oí las voces con tal claridad que me llevé un
fonógrafo, junto con un dictáfono y un cilindro de cera para grabar; ya veré la
forma de arreglármelas para que pueda oír usted la grabación que conseguí. Se
la hice escuchar a algunos de los
ancianos que habitan por estos contornos, y una de las voces les impresionó
tanto que parecían no salir de su estupor debido a su semejanza con cierta voz
(esa susurrante voz que se oye en los bosques y que Davenpont menciona en su
libro) de la que sus abuelas les habían hablado, al tiempo que trataban de
imitarla. Sé lo que la mayoría de la
gente piensa de un hombre que dice «oír voces».., pero antes de extraer
conclusiones le pediría que escuchara la grabación y que preguntase a los
ancianos del lugar lo que piensan al respecto. Si usted halla una explicación
racional, tanto mejor. Pero, sin duda, debe haber
algo detrás de todo ello. Pues, como usted bien sabe, ex
nihilo nihil fit.
Lo que me impulsa a escribirle no es el deseo de entablar una polémica,
sino proporcionarle una información que creo que un hombre de sus inquietudes
encontrará del mayor interés. Esto se lo
digo en privado. En público estoy de su lado, pues ciertas cosas me han
demostrado que no conviene que la gente
sepa demasiado de este asunto. Mis estudios son absolutamente a título
particular, y no pienso decir nada que atraiga la atención de la gente y les induzca
a visitar los lugares que he explorado. Es cierto —terriblemente cierto— que en
aquellos parajes hay criaturas no humanas
que no cesan de observarnos, que cuentan con espías entre nosotros con
vistas a recabar información. Gran parte de mi información proviene de un pobre
desgraciado que, si estaba en su sano juicio (y a mi juicio lo estaba), era uno de esos es- pias. Aquel hombre
acabó suicidándose, pero tengo fundadas razones para creer que hay otros.
Los
seres proceden de otro planeta, y pueden vivir en el espacio interestelar y
volar en él gracias a unas toscas y potentes alas resistentes al éter pero que
resultan demasiado
ingobernables para pensar en utilizarlas cuando están en la Tierra. Le
hablaré de ello más adelante, si es que no me toma por loco. Vienen aquí para
extraer metales de unas minas que hay en las entrañas de los montes, y creo que sé de dónde vienen. No nos
harán ningún daño si les dejamos en paz, pero nadie puede predecir lo que
ocurriría si les importunáramos. Desde luego, a un buen ejército no le costará
nada arrasar su colonia minera. Eso
es justo lo que ellos temen. Pero si llegara a suceder, otros vendrían del exterior.., en número in- calculable. No les sería difícil
conquistar la Tierra, pero hasta el momento no lo han intentado porque no
tienen ninguna necesidad de hacerlo. Prefieren dejar las cosas como están y
evitarse complicaciones.
Según tengo entendido, quieren desembarazarse de mí porque sé demasiadas cosas acerca de
ellos. En los bosques de Round Hill, al este de aquí, he encontrado
una gran piedra negra con jeroglíficos indescifrables y a medio borrar. Pues
bien, una vez que me la llevé a casa todo cambió radicalmente. Si creen que sé
demasiado me matarán o me llevarán
consigo al planeta de donde
proceden. De cuando en cuando les gusta llevarse
hombres preparados para estar al corriente de cómo marchan las cosas en el
mundo de los humanos.
Esto me lleva a mí segundo propósito al escribirle esta carta, es
decir, a rogarle que en lugar de añadir más leña a la polémica, procure
acallaría. Debe mantenerse a la gente
alejada de estas montañas, y para lograrlo lo mejor es no despertar más su
curiosidad. Bien saben los cielos que ya es bastante el peligro que se corre
con promotores y agentes inmobiliarios dispuestos a inundar Vermont con
tropeles de veraneantes que infesten las zonas despobladas y cubran las montañas de casitas del peor gusto. Me
agradaría mucho seguir en contacto con usted, y si quiere trataré de enviarle
por correo urgente la grabación fonográfica y la piedra negra (tan desgastada
está que apenas podrá ver algo en las fotografías). Y digo «trataré», porque
creo que estas criaturas se las arreglan para enterarse de cuanto aquí sucede.
En una granja próxima al pueblo hay un tipo llamado Brown, de
siniestra catadura y peor talante, que creo es un espía suyo. Poco a
poco tratan de incomunicarme con el mundo porque sé demasiado acerca de ellos.
Se sirven de los más increíbles medios para enterarse de todo lo que
hago. Es posible que ni siquiera esta carta llegue a sus manos. Creo que lo
mejor sería que abandonara esta parte del país
y me fuera a vivir en compañía de mi hijo a San Diego, en California, si las
cosas se ponen peor, pero no es nada
fácil abandonar el lugar en que uno ha nacido y donde ha vivido su familia durante seis generaciones. Y, además,
difícilmente me atrevería a vender esta casa a nadie ahora que esas criaturas
se han fijado en ella. Al parecer, tratan de
recuperar la piedra negra y destruir la grabación fonográfica, pero no
lo conseguirán mientras yo pueda evitarlo. De momento, mis perros policía los
mantienen a raya, pues todavía son pocos y aún no se mueven bien por estos
parajes. Como he dicho, sus alas no sirven de mucho cuando se trata de vuelos
cortos sobre la tierra. Estoy a punto de descifrar la piedra ——todo apunta
a terribles revelaciones— y creo que con
los conocimientos que usted posee del folklore
tradicional podría ayudarme a encontrar los eslabones perdidos. Supongo
que está perfectamente enterado de los espeluznantes mitos anteriores a la
aparición del hombre sobre la tierra —los ciclos
de Yog-Sothoth y Cthulhu—— a los
que se alude en el Necronomicón. En
cierta ocasión tuve acceso a un ejemplar del libro, y según tengo entendido
usted posee otro y lo guarda encerrado bajo siete llaves en la biblioteca de su
universidad.
Para terminar, Mr. Wilmarth, creo que dados nuestros estudios podemos
sernos muy útiles el uno al otro. No quiero que usted corra ningún peligro, y
creo estar en la obligación de advertirle que la posesión de la piedra y de la
grabación entraña ciertos riesgos, pero estoy seguro de que usted no dudará en
arrostrarlos en aras de la ciencia. Si me autoriza a mandarle algo se lo
acercaré en coche hasta Newfane o Brattleboro, pues confío más en las estafetas
de correos de allí. Le diré que vivo solo, pues ya no puedo tener a nadie a mi servicio.
No quieren quedarse
debido a los seres que
tratan de acercarse a casa por las noches y que hacen que los perros no
cesen de ladrar. Me alegro de no haber ahondado
en mis pesquisas mientras vivía mi mujer, pues se habría vuelto loca con todo esto.
Confiando no haberle importunado en exceso y que usted decida seguir en
comunicación conmigo en lugar de arrojar la carta a la papelera por creerla el
desvarío de un loco,
Queda atentamente suyo, Henry W. Akeley.
P. D. Estoy sacando más copias de algunas fotografías hechas por mí y que creo pueden contribuir a
demostrar varios de los extremos aquí mencionados. Los ancianos del lugar creen
que se trata de algo tremendamente verídico. Se las enviaré inmediatamente si
le parece bien.
H.W.A.
Seria difícil describir mis sentimientos tras la primera lectura de tan
extraño testimonio. Lo normal habría sido que me
hubiera reído más de tamañas incoherencias que de otras teorías mucho
más plausibles que movieron a la hilaridad, pero había algo en el tono de
aquélla carta que me indujo a considerarla con paradójica seriedad. No es que
creyera ni por un instante en la oculta
raza procedente de las estrellas de la que hablaba mi corresponsal; pero lo
cierto es que, después de algunas serias dudas en un primer momento, llegué
sorprendentemente a convencerme de su cordura
y sinceridad, inclinándome a creer que su autor se había enfrentado con
algún fenómeno real, aunque singular y anormal, que no acertaba a explicar si
no era recurriendo a la imaginación.
Estaba seguro de que la verdad distaba mucho de lo que me decía mi comunicante,
pero por otro lado quizá mereciera la pena investigar qué es lo que había
detrás de todo aquello. Aquel hombre parecía tremendamente excitado y alarmado
por algo, pero resultaba difícil pensar que su acti- tud era injustificada. ) En
ciertos aspectos, era tan puntual y
lógico... Y, después de todo, su historia encajaba increíblemente bien con ciertos mitos antiguos... incluso con las más
inverosímiles leyendas indias.
Que hubiese realmente alcanzado a oír voces nada tran- quilizadoras en
las montañas y que hubiese en verdad en- contrado la piedra negra de la que
hablaba, entraba dentro 4e lo posible a pesar de sus descabelladas
elucubraciones.., elucubraciones que le debió sugerir el hombre del que se
decía era un espía de aquellos serés extraterrestres y que, posteriormente, puso fin a su vida. Era fácil deducir que
este hombre debía estar loco de atar, pero probablemente le quedara una yeta de
perversa lógica aparente que hizo que el ingenuo de Akeley — ya de por si
predispuesto a tales cosas por sus estudios sobre el folklore—— creyera aquella historia. En cuanto a los últimos
acontecimientos, en concreto a la
imposibilidad de tener a nadie a su servicio, parecía que los modestos y
sencillos vecinos de Akeley estaban tan convencidos como él de que su casa era
asediada por algo siniestro durante la noche. Que los perros ladraban era algo
que no podía ponerse en duda.
Y luego estaba la cuestión de la grabación fonográfica, que no pude sino creer que la había obtenido
tal como dijo. Tenía que tratarse de
algo, pero no sabría decir qué:
o ruidos animales que engañosamente recordaban el lenguaje humano, o el habla de algún ser
humano oculto y al acecho al caer la noche, postrado en un estado no muy por
encima del de los animales inferiores. De la grabación mi pensamiento pasó a
los jeroglíficos de la piedra negra y a especular acerca de cuál podría ser su
posible significado. Y, por otro lado, estaban las fotografías que Akeley
hablaba de enviarme y que tan convincentemente los ancianos del lugar
encontraban espeluznantes.
Mientras releía aquella ilegible carta, pensé m4s que nunca que mis
crédulos adversarios podían estar más en lo cierto de lo que yo había admitido
en un primer momento. Después de todo, aquellas montañas por las que se rehuía
el paso podían ser el reducto de seres extraños y quizá con deformidades
hereditarias, aun cuando no hubiese ninguna raza de
monstruos nacidos en estrellas tal como pretendía la tradición.
En tal supuesto, no resultaría del todo descabellada la presencia de cuerpos
extraños en los ríos desbordados.
¿Acaso era excesivamente descabellado suponer que tanto las antiguas leyendas como los recientes
relatos descansaban sobre un fundamento real? Pero incluso albergando tales
dudas me sentí avergonzado de que tan grotesca muestra de incoherencia como era
la increíble carta de Henry Akeley hubiera podido suscitarías.
Al final, contesté la carta de Akeley, adoptando un tono de cordial interés y solicitando
información más detallada. Su respuesta me llegó casi a vuelta de correo, y en
ella incluía, tal como me había prometido, una serie de instantáneas de escenas y objetos ilustrativos de lo
que tenía que contarme. Eché una mirada a las fotografías al tiempo de sacarlas
del sobre y experimenté la extraña sensación de espanto que se siente ante la
inmediatez de lo prohibido, pues, a pesar de lo borrosas que estaban la mayoría
de ellas, poseían un endiablado poder de sugestión, intensificado además por el hecho de tratarse de auténticas
fotografías: verdaderos eslabones ópticos de lo que reproducían, y el producto
de un proceso de transmisión impersonal sin sombra alguna de prejuicios,
falibilidad ni falsedad.
Cuanto más las miraba, más me convencía de que no me había equivocado
al tomar en serio a Akeley y su historia. Desde luego, aquellas fotografías
aportaban pruebas concluyentes de que en las montañas de Vermont había algo
que, cuando menos, estaba fuera del alcance de nuestros conocimientos y
creencias. Lo peor de todo eran las huellas de pisadas: una instantánea tomada
en un lugar donde relucía el sol, en un sendero totalmente enfangado en medio
de una desierta altiplanicie. Una sola mirada me bastó para cerciorarme de que
allí no había trucaje alguno, pues los guijarros y briznas de hierba
nítidamente perfilados que se apreciaban en el campo de visión eran la mejor
garantía de la corrección de la escala y hacían imposible cualquier intento de doble exposición trucada. Por darle un
nombre lo califiqué de «pisada», pero creo que sería más exacto decir «huella de
zarpa». Aún hoy me resulta difícil intentar describirla, y lo único que
puedo decir es que era algo horrible, de rasgos similares a los cangrejos, y
que no sabría precisar qué dirección seguía. No era una
huella muy profunda ni reciente, pero su tamaño era aproximadamente el del pie
de un hombre de estatura normal. A
partir de un rastro central, se proyectaban en direcciones opuestas varios
pares de pinzas dentadas; algo de todo punto desconcertante, si es que, como
parecía, aquello era exclusivamente un órgano de locomoción.
Otra de las fotografías —-sin duda
una instantánea tomada con
muy poca luz—— mostraba la boca de una cueva en un terreno muy frondoso, con
una piedra esférica obstruyendo la abertura.
En la superficie pelada que había justo
delante podía distinguirse perfectamente una densa red de extrañas
huellas, y al examinar la fotografía con una lupa comprobé con cierto
desasosiego que eran similares a las de la otra instantánea. Una tercera
fotografía mostraba un circulo de estilo druídico de piedras levantadas en las
cumbres de una desolada montaña. En torno al críptico
circulo la hierba estaba muy aplastada y arrancada, si bien no pude detectar
ninguna pisada, m siquiera con ayuda de la lente. Se advertía fácilmente que se
trataba de un lugar perdido en el auténtico mar de deshabitadas montañas que se
divisaba en segundo plano y se perdían en un horizonte neblinoso.
Pero si la más espeluznante de todas las fotografías era aquella en que
se veía la pisada, la más sugerente sin duda
era la de la gran piedra negra encontrada en los bosques de Round Hill.
Akeley la había fotografiado desde lo que debía ser su mesa de trabajo, pues
podían verse hileras de libros y un busto de Milton en segundo término. A lo
que parecía, la cámara había enfocado verticalmente la imagen con una
superficie algo curvado e irregular de uno por dos pies, pero decir algo más
preciso sobre aquella superficie, o sobre el
aspecto general de la piedra entera, casi excede los límites del lenguaje. Ni siquiera podía
imaginar los rarísimos principios geométricos en que se habían inspirado para
su corte — pues no cabía duda de que se trataba
de un corte
artificial—, ya que
jamás había visto nada tan extraño e inequívocamente ajeno a este mundo. Apenas
pude distinguir alguno de los jeroglíficos esculpidos en la superficie, pero
uno o dos de los que vi me dejaron atónito. Claro que muy bien podía
tratarse de una falsificación, pues yo no era la única persona que había leído
el monstruoso y abominable Necromonicón del
árabe loco Abdul Alhazred. Con todo, me hizo
estremecerme al reconocer ciertos ideogramas que mis estudios me habían enseñado a poner en relación con los
misterios más espeluznantes e implacables de seres que habían tenido una semiexistencia descabellada antes de formarse la tierra y los otros planetas
del sistema solar.
De las cinco fotografías restantes, tres eran de terrenos pantanosos y
montañosos que parecían evidenciar huellas de ocultos y perniciosos moradores.
En otra se veía una extraña huella en el suelo, muy cerca de la casa de Akeley,
que, según decía éste, había
fotografiado de mañana tras una noche en que los perros habían ladrado
con mayor intensidad que de costumbre. Estaba muy borrosa, y difícilmente
podían extraerse conclusiones de ella, pero tenía un detestable parecido con
aquella otra huella de pie o zarpa fotografiada
en la desierta altiplanicie. En la última fotografía se veía la casa de Akeley; una preciosa casa de
blanca fachada con dos pisos y una buhardilla, construida haría algo más de un
siglo, y con un césped bien cuidado y una vereda bordeada de piedras que
conducía a una puerta de estilo georgiano labrada con exquisito gusto. En el
césped había varios perros policía de gran tamaño, tendidos junto a un hombre
de aspecto agradable con una barba gris recién cortada que debía ser el propio
Akeley —fotógrafo de sí mismo a
juzgar por la perilla conectada a un tubo que empuñaba en su mano derecha.
De las fotografías pasé a la extensa y apretujada carta, sumiéndome
durante las tres horas siguientes en un
abismo de inexpresable horror. Aquello que Akeley no había hecho sino esbozar someramente en su
anterior carta, lo describía ahora con todo lujo de detalles, ofreciendo largas transcripciones de palabras oídas
en los bosques durante la noche, largas
descripciones de monstruosas formas rosáceas
avistadas en medio de la frondosa espesura al caer la noche sobre las
montañas, y una terrible narración cósmica derivada de la aplicación de una
profunda y diversificada erudición a los interminables discursos de antaño del
demente y fingido espía que acabó suicidándose. Me encontré ante nombres y
voces que había oído en otros lugares relacionados con los más espantosos que cabe
imaginar —Yuggoth, Gran Cthulhu, Tsathoggna, Yog-Sothoth,
R’lyeh, Nyarlathotep, Azathoth, Hastur, Yian, Leng, el Lago de Hali, Bethmoora,
la Señal Amarilla, L’mur-Kathulos, Bran y el Magnum
Innominandum—, y me vi
transportado a través de infinitos eones e inconcebibles dimensiones a mundos
antiguos y exte- riores que el demente autor del Necronomicón no había sino empezado a intuir. Allí se me hablaba de
los pozos de vida primigenia, de los ríos que descendían de aquel manantial y, finalmente, del riachuelo que,
procedente de uno de aquellos ríos, se había fundido inextricable-mente con los
destinos de nuestro planeta.
Mi cerebro era un torbellino que no cesaba de dar vueltas, y si antes había
intentado encontrar una explicación a las cosas, ahora empezaba a creer en los
más anormales y fantásticos prodigios. Las pruebas eran abrumadoras y
aplastantes, y la fría y científica actitud de Akeley —una actitud que distaba siglos de lo demencial, fanático,
histérico y hasta de lo gratuitamente
especulativo—, tuvo un tremendo impacto sobre mis facultades críticas. Cuando
acabé de leer aquella espantosa carta pude comprender los temores que Akeley
había llegado a albergar, y me dispuse a hacer lo que estuviera en mis manos
para mantener alejada a la gente de aquellas despobladas y encantadas montañas.
Incluso hoy, cuando el transcurso del tiempo ha mitigado la impresión
experimentada y me ha hecho replantearme mis acciones y horribles dudas, hay
cosas de aquella carta de Akeley que no me atrevería a mencionar, ni siquiera
expresándolas en palabras sobre el
papel. Casi me alegro de que hayan desaparecido la carta, la grabación y las
fotografías... y sólo deseo, por razones que no. tardaré en explicar, que no llegue a
descubrirse el nuevo planeta allende Neptuno.
Tras la lectura de aquella carta, puse fin definitivamente a mis polémicas sobre los horrores de
Vermont. Las argumentaciones de mis
contrarios quedaron sin respuesta o postergadas tras algunas disculpas, y con
el tiempo la controversia cayó en el olvido. Durante los últimos días de mayo y a todo lo largo de junio mantuve
una correspondencia ininterrumpida con Akeley, si bien, debido a que de vez en
cuando se extraviaba una carta, teníamos que volver sobre nuestros pasos y
efectuar una ingente labor de reproducción. Lo que hacíamos, en términos
generales, era comparar nuestras notas en los puntos oscuros de la mitología
con el fin de llegar a establecer una precisa correlación de los horrores de
Vermont con el corpus general de
leyendas primitivas de todo el universo.
De entrada, acordamos prácticamente que aquellas mor- bosidades y el infernal Mi-Go de las cumbres de Himalaya pertenecían a la misma categoría
de monstruosidades encarnadas. Hicimos también interesantísimas conjeturas de
carácter zoológico que me habría gustado consultar a mi colega universitario,
el profesor Dexter, de no mediar la tajante orden de Akeley de no hacer
partícipe a nadie, fuera de nosotros, de
lo que sucedía. Si desobedezco ahora esa orden, es porque creo que en el actual
estado de cosas una advertencia acerca de aquellas remotas montañas de Vermont
-—--y de aquellas cumbres del Himalaya que algunos intrépidos
exploradores cada vez están más empeñados en escalar.— puede favorecer más a la
seguridad pública que el guardar silencio. Algo concreto que estábamos a punto
de desentrañar era el desciframiento> de lhs jeroglíficos de aquella ignominiosa
piedra negra: algo que muy bien podría hacernos entrar en posesión de secretos
más arcanos y más asombrosos que cualesquiera otros hasta entonces conocidos
por el hombre.
III
Hacia finales de junio llegó la grabación fonográfica, re- mitida desde
Brattleboro, pues Akeley no confiaba en la seguridad que pudiera ofrecer el
ramal que discurría al norte de
dicha ciudad. Empezaba a tener cada vez más sospechas de que era espiado, sensación ésta que se
agravó debido a la pérdida de algunas cartas, y hablaba continuamente acerca de
las insidias de ciertas personas a las que consideraba instrumentos y agentes
de los seres ocultos. De quien más sospechas albergaba era del desabrido
granjero Walter Brown, que vivía solo en
una ruinosa vivienda de la ladera que daba a los frondosos bosques y que era
visto a menudo haraganeando por las esquinas de Brattleboro, Bellows Falls,
Newfane y South Londonderry, del modo más inexplicable y sin razón aparente
alguna. Akeley estaba convencido de que la voz de Brown era una de las que en
cierta ocasión oyó en el curso de una
horripilante conversación; además, en otro momento vio una huella de pisada o
de zarpa en los aledaños de la casa de Brown, lo que juzgó un siniestro
presagio. Curiosamente, cerca de ella había huellas de pisadas de Brown...
pisadas enderezadas hacia la casa.
Así pues, la grabación fue echada al correo en Brattleboro, a donde la
llevó Akeley tras conducir su Ford a lo largo de las solitarias carreteras
secundarias de Vermont. En la nota que acompañaba a la grabación, confesaba que
empezaba a tener miedo de aquellas carreteras, y que ni siquiera se atrevía a
ir a Townshend a hacer compras si no era
a plena luz del día. Era peligroso, repetía una y otra vez, saber demasiado, a
menos que uno se encontrara a remota distancia de aquellas silenciosas y
siniestras montañas. Pensaba trasladarse
lo
antes posible a California a vivir con su hijo, por muy duro que
resultara abandonar el lugar donde se centraban todos sus recuerdos y
sentimientos ancestrales.
Antes de poner la grabación en el aparato que pedí prestado al Rectorado de la Universidad, repasé
cuidadosamente todas las
explicaciones aparecidas en las diversas cartas de Akeley. La grabación, decía,
fue obtenida hacia la una de la mañana del 1 de mayo de 1915, cerca de la boca
cerrada de una gruta en la frondosa vertiente
occidental de Dark Mountain, justo
encima de los terrenos pantanosos de Lee. De siempre, el lugar había
estado extrañamente plagado de curiosas voces, siendo éste el motivo de que
hubiese llevado hasta allí el fonógrafo, el dictáfono y unos cilindros para
grabar en espera de obtener resultados positivos. Anteriores experiencias le
habían inducido a confiar en que la Víspera de Mayo —la horrible noche del Sabbat de las leyendas esotéricas europeas— sería con toda
probabilidad una fecha mucho más fructífera que cualquier otra... y,
efectivamente, no quedó decepcionado de su elección. Ahora bien, era de
destacar que en adelante jamás volvió a oft voces en aquel lugar.
Al contrario que la mayoría de las voces oídas en el bosque, la sustancia de la grabación era casi ritual
y contenía una voz innegablemente humana, si bien Akeley no lograba
identificarla. Desde luego, no era la de Brown; más bien parecía corresponder a
un hombre con mayor nivel de educación. La segunda voz, empero, constituía un
auténtico enigma, pues se trataba de un maldito susurro que no guardaba la menor semejanza con el lenguaje humano,
a pesar de expresarse con palabras que
denotaban un excelente inglés y un acento académico.
El fonógrafo y el dictáfono no debieron funcionar por igual a lo largo
de toda la grabación, y naturalmente ello representaba un gran inconveniente
debido a la le-
jana y encubierta naturaleza del ritual, por lo que el registro de las
voces era en realidad muy fragmentario. Akeley me había facilitado una
transcripción de lo que él creía eran las> palabras pronunciadas, y volví a
repasaría mientras me disponía a escuchar el aparato. El texto tenía más de
tenebroso y enigmático que de decididamente horrible, aunque el conocimiento de
su origen y procedimiento de reproducción
le infundía un halo de horror superior a cualquier palabra que pudiera
pronunciarse. Trataré de reproducirlo aquí en su integridad en la medida que lo
recuerde, aun cuando estoy convencido de que me lo sé de memoria, no sólo por
la lectura de la transcripción, sino por haber escuchado la grabación infinidad
de veces. ¡No es algo que uno pueda olvidar fácilmente!
(Sonidos
irreconocibles.)
(Una
voz humana, masculina, culta.)
...es el Señor de los Bosques, incluso para... y los presentes de los hombres de Leng... por lo que desde
los abismos de la noche hasta las vorágines del espacio, y desde las vorágines
del espacio hasta los abismos de la noche, siempre las alabanzas al Gran
Cthulhu, a Tsathoggua y a Aquel que no puede
ser Nombrado. Siempre Sus alabanzas, y abundancia para el Chivo Negro de los Bosques. ¡ Iä! ¡ Shub-Niggurath!
¡El
Cabrón Negro de las Mil Crías!
(Una imitación
susurrante del lenguaje humano.)
¡Iä!
¡Shub-Niggurath! ¡El Cabrón Negro de las Mil Crías! (Voz humana.)
Y he aquí que el Señor de los Bosques, siendo... siete y nueve,
descendió los peldaños del ónix... le (tri) buta a El en la Vorágine, Azathoth,
Aquel de Quien Tú nos has enseñado marav (illas)... sobre las alas de la noche
muy lejos del espacio, muy lejos del... a Aquel de quien Yuggoth es el
benjamín, girando solo en el negro éter del círculo exterior...
(Voz
susurrante.)
... ir entre los hombres y encontrar las formas de hacerlo, que Aquel
que está en la Vorágine debe conocer. A Nyarlathotep, Poderoso Mensajero, debe
dársele cuenta de todo. Y El tomará la apariencia de los hombres, con la
máscara de cera y la indumentaria que oculta, y descenderá del mundo de los Siete Soles para burlar...
(Voz
humana.)
(Nyarl) athotep, Gran Mensajero, portador de singular alegría a Yuggoth
a través del vacío, Padre del Millón de Privilegiados, Cazador al Acecho
entre...
(Interrupción
del diálogo por llegarse al final de la gra- bación.)
Tales fueron las palabras que me preparé a escuchar cuando puse en
marcha el fonógrafo. Confieso que un cierto temor y renuncia me embargaban
cuando apreté la palanca y oi el rasgar de la punta de zafiro en los primeros
surcos, pero experimenté una sensación de alivio al comprobar que las primeras
débiles y fragmentarías palabras procedían de una voz humana: una voz suave y
educada, con un ligero acento bostoniano, y que en cualquier caso no era de
nadie que procediese de la región montañosa de Vermont. Mientras escuchaba
aquellas exasperantes y tenues voces, el diálogo me pareció no diferir en nada
de la transcripción que tan escrupulosamente había hecho Akeley. Y aquella
suave voz bostoniana salmodiaba... « ¡ Iä! ¡ Shub-Niggurath! ¡El Ca- brón Negro
de las Mil Crías! ...
Y entonces oí la otra voz. Aún hoy siento un estremecimiento
retrospectivo cuando pienso en la tremenda impresión que me causó, aun cuando ya estaba sobre aviso
por lo que me había dicho Akeley. Aquellos a quienes posteriormente he descrito
la grabación afirman no hallar en ella sino una burda patraña o la mejor prueba
de un estado de locura, pero estoy convencido de que pensarían de forma
diferente si hubieran oído la maldita
grabación o leído el grueso de la correspondencia
de Akeley (sobre todo, esa terrible y enciclopédica
segunda carta). Después de todo, es una verdadera lástima que no me atreviera a
desobedecer a Akeley y les dejara escuchar la grabación a otros... y no menos
lástima es, asimismo, que todas sus cartas se
perdieran. A mí, que tenía una impresión de primera mano de los sonidos
reales y que era conocedor del trasfondo y de las circunstancias en que se
efectuó la grabación, aquella voz me pareció algo monstruoso. Siguió
inmediatamente a la voz humana en ritual respuesta, pero tuve la sensación de
que era un morboso eco que se reproducía a través de insondables abismos en inimaginables infiernos
exteriores. Hace ya más
de dos años que escuché por última vez aquel espeluznante cilindro de
cera, pero aún hoy, y estoy convencido de que en cualquier otro momento, puedo
percibir en mis oídos aquel tenue y diabólico susurro, tal como alcancé a
escucharlo por vez primera:
«¡Iä!
¡Shub-Niggurath! ¡El Cabrón Negro de las Mil Crías!»
Pero aunque aquella voz no abandona mis oídos, no he logrado aún analizarla lo
suficientemente bien como para dar una
descripción gráfica de ella. Era como el zumbido de algún repugnante y gigantesco insecto
transformado tediosamente en el lenguaje articulado de una rara especie, y
estoy plenamente convencido de que los órganos que lo producían no guardaban la
menor semejanza con los órganos vocales del hombre, ni incluso con ninguno de
los mamíferos conocidos. Tenía ciertas peculiaridades de timbre, duración y armonía que hacían de este fenómeno algo
totalmente ajeno a lo propiamente humano y a la vida terrenal misma. Nada más
captarlo mis oídos aquella primera vez casi quedé aturdido, por lo que el resto
de la grabación la oí sumido en una es- pecie
de inconsciente letargo. Al llegar el párrafo más largo de la voz susurrante,
se intensificó en extremo aquella sensación de implacable infinitud que
tanto me chocó al oír el
precedente y más breve párrafo. Al final, la grabación terminaba bruscamente,
en el momento en que se oía con desacostumbrada claridad la voz humana de acento bostoniano... pero yo seguí sentado
con la mirada absurdamente perdida hasta mucho después de detenerse
automáticamente el aparato.
Huelga decir que escuché muchas más veces aquella increíble grabación, y que hice exhaustivos
intentos para analizarla y comentarla tras comparar mis notas con las de Akeley. Sería inútil y alarmista repetir
aquí todo lo que sacamos en conclusión, pero puedo adelantar que creíamos haber
dado con una pista del origen de algunas de las más genuinas y repulsivas
costumbres de las antiguas y crípticas religiones de la humanidad. Nos parecía,
asimismo, evidente
que había vínculos antiguos y complejos entre aquellos misteriosos
seres extraterrestres y determinados representantes de la raza humana. Hasta
dónde llegaban estos vínculos y hasta qué punto puede compararse su actual estado con el de épocas anteriores, no nos
atrevíamos a conjeturar, pero en
cualquier caso daban pie a un sinfín de escalofriantes especulaciones. Parecía
haber una horrorosa e inmemorial relación en determinados períodos entre el
hombre y el infinito desconocido. Todo indicaba que los espantosos seres que
aparecieron sobre la tierra procedían del misterioso planeta Yuggoth, en los
confines del sistema solar, pero no eran sino la vanguardia de una espantosa
raza extraterrestre cuyo origen último debe radicar incluso mucho más allá del
continuo espacio-tiempo einsteniano o mayor cosmos conocido.
Entretanto, seguíamos hablando de la piedra negra y de cuál seria la
mejor forma de enviarla a Arkham, pues Akeley no estimaba aconsejable que fuera
yo a visitarle al escenario mismo de sus alucinantes investigaciones. Por una u
otra razón, temía que fuera transportada siguiendo una ruta ordinaria o
convencional. Finalmente, decidió que lo mejor sería llevarla campo a través
hasta Bellows Falís, y allí enviarla en el ferrocarril de Boston y Maine a
través de Keene, Winchendon y Fitchburg, aunque ello significaba tener que
conducir por caminos de montaña más solitarios y más rodeados de bosques que la
carretera principal que conducía a Brattleboro. Dijo haber visto a un hombre
merodeando por la oficina de correos de Brattleboro cuando envió la grabación
fonográfica, cuyo aspecto y movimientos no eran nada tranquilizadores. Aquel
hombre parecía tener un gran interés
en hablar con los empleados de correos, y tomó el tren en que iba la grabación.
Akeley confesó que no se había sentido del todo tranquilo hasta que no recibió
noticias mías diciéndole que la grabación estaba a buen recaudo.
Por aquellos días —-corría la
segunda semana de julio— se extravió otra carta mía, según me enteré por una
comunicación de Akeley que evidenciaba cierto desasosiego. A raíz de aquello,
me dijo que no volviera a escribirle a
Townshend y que enviase todas mis cartas a la Lista de Correos de
Brattleboro, adonde hacía frecuentes visitas bien
en su coche o en un autobús de la línea regular que se había hecho cargo
últimamente del servicio de transporte de viajeros que venía prestando el lento
ramal de ferrocarril. Me di perfecta
cuenta de que su ansiedad iba en aumento, pues entraba en pormenorizado detalle
al hablar sobre los ladridos cada vez mayores de los perros en las noches sin
luna y las frescas huellas de zarpas que a veces encontraba al amanecer en el
camino y en el barro que se formaba en la
parte posterior del corral. En cierta ocasión me habló de todo un ejército de pisadas de perros, y para
demostrarlo me enviaba una repulsiva e inquietante instantánea kodak. La foto
fue tomada a raíz de una noche en que los perros se habían superado a sí mismos
en sus aullidos y ladridos.
La mañana del miércoles, 18 de julio, recibí un telegrama de Bellows
Falls, en el que Akeley me comunicaba el envío
de la piedra negra en el tren núm. 5.508
de la compañía B. & M., que salía de Bellows Falís a las 12,15 y tenía anunciada su llegada a la
estación del Norte de Boston a las 16,12. Calculé que llegaría a Arkham para
las 12 de la mañana del día siguiente, por lo que permanecí allí toda la mañana
del jueves hasta que llegara. Pero viendo que daban las 12 y no llegaba nada,
llamé por teléfono a la oficina de correos donde me informaron que no se había
recibido ningún envío a mi nombre. A renglón seguido, y en medio de una
creciente alarma, puse una conferencia al factor de correos de la estación del
Norte de Boston... y apenas me sorprendió enterarme de que no aparecía ningún
envío a mi nombre. El tren núm. 5.508 había
llegado con sólo 35 minutos de
retraso el día anterior, pero en él no había ningún paquete para mí. Con todo,
el factor me prometió realizar una investigación para ver si aparecía. El día
concluyó con una carta que le envié a Akeley por la noche en la que le daba
cuenta del estado de la situación.
A la tarde siguiente llegó, con encomiable prontitud, un informe de la
oficina de Boston; el factor me telefoneó en cuanto se informó al respecto. Al
parecer, el empleado de
servicio en el tren núm. 5.508 recordaba
un incidente que tal vez tuviera que
ver con la pérdida de mi paquete: una discusión con un hombre de voz muy
extraña, aspecto campesino, de contextura delgada y con el pelo de color arena,
mientras el tren estaba estacionado en Keene, New
Hampshire, poco después de la una de la
tarde.
El hombre en cuestión, siguió diciendo el empleado, se hallaba muy excitado a propósito de una
pesada caja que aguardaba, pero que no estaba en el tren ni figuraba en los
libros de la compañía. Decía llamarse Stanley Adams, y tenía un tono de voz tan
extrañamente pastoso y monótono que el empleado se quedó aturdido y adormecido
mientras la escuchaba. El empleado
no podía recordar el final de la conversación, aunque sí que se despertó al
tiempo que el tren volvía a ponerse en marcha. El factor de Boston añadió que
aquel empleado era un joven de una probidad y confianza a toda prueba, de
buenos antecedentes y con mucho tiempo de servicio en la compañía.
Aquella misma tarde me fui a Boston a entrevistarme con el empleado en cuestión, tras obtener su nombre
y dirección en la oficina. Era un tipo abierto y simpático, pero no tardé en
comprender que nada nuevo podía añadir a lo ya dicho. Por raro que parezca, ni
siquiera estaba seguro de poder identificar al extraño que le hizo la pregunta.
Tras darme cuenta de que no tenía
más que decir, regresé a Arkham y me pasé la noche entera escribiendo cartas a
Akeley, a la compañía de
transportes, a la comisaría de policía y al factor de la estación de Keene. A
mi juicio, ese hombre de singular voz que tan extrañamente había afectado al
empleado debía desempeñar un papel fundamental en todo aquel desagradable asunto, y esperaba que los
empleados de la estación de Keene y los archivos de la oficina de telégrafos
pudieran decirme algo acerca de su persona y de los motivos que le impulsaron a
preguntar cuando y donde lo hizo.
Debo admitir, empero, que todas mis investigaciones resultaron
infructuosas. Al hombre de la voz rara se le había visto efectivamente en las
inmediaciones de la estación de
Keene a primeras horas de la tarde del 18 de julio, y un viajero le
asociaba vagamente con una pesada caja, pero era alguien completamente
desconocido para él y no había vuelto a verle desde entonces. El desconocido no había pasado por la oficina de telégrafos ni recibido ningún
mensaje, y a la oficina no había llegado ningún telegrama que pudiera
relacionarse con la presencia de la piedra negra en el tren núm. 5.508. Naturalmente, Akeley colaboró
conmigo en las investigaciones, y hasta se desplazó a Keene para
interrogar al personal de servicio en la
estación, pero su actitud era más fatalista que la mía. Para él, la pérdida de
la caja era el síntoma inconfundible de algo portentoso y amenazador que nada bueno presagiaba, y no tenía la
menor esperanza de recuperarla. Hablaba de los indudables poderes telepáticos e
hipnóticos de los seres de las montañas y de sus inter- mediarios, y en una carta expresaba su
convencimiento de que la piedra no se
encontraba ya en nuestro planeta. Por mí parte, estaba enfurecido y con razón,
pues me había hecho a la idea de que al
menos se me presentaba una oportunidad para enterarme de cosas profundas y
sorprendentes sobre los antiguos e indescifrables jeroglíficos. Aquello me
habría dejado mal gusto por algún tiempo de no ser porque las
cartas que seguía recibiendo de Akeley hicieron que el horrible problema de la montaña entrara
en una nueva fase que acaparó inmediatamente toda mi atención.
IV
Los seres desconocidos, me escribía Akeley con una caligrafía
cada vez más temblorosa, habían empezado a montar un cerco en torno a él con una
determinación totalmente nueva. Los ladridos nocturnos de los perros cuando no
había luna o apenas brillaba se habían vuelto
espantosos, y ya se habrían producido intentos de atacarle en las
solitarias carreteras por las que transitaba durante el día. El
2 de agosto, cuando se dirigía al pueblo en su coche, se encontró un tronco de árbol en medio del camino en un lugar
en que la carretera discurría por entre una frondosa arboleda; los
furiosos ladridos de los dos grandes perros que le acompañaban le indicaron muy
a las claras que alguno de aquellos
seres debía estar merodeando por allí. No quería ni pensar lo que hubiese
sucedido de no ser por los perros..., así que en lo sucesivo no se atrevió a
salir más sin dos ejemplares cuando
menos de su fiel y poderosa jauría. Tuvo otros incidentes en la carretera los
días 5 y 6 del mismo mes. En una
ocasión un proyectil le pasó rozando el coche, y en otra los ladridos de los
perros le advirtieron de peligros ocul- tos en el bosque.
El 15 de agosto recibí una desesperada carta que me intranquilizó
mucho, hasta el punto de hacerme desear que Akeley dejase a un lado su pertinaz
reticencia y acudiese a la justicia en busca de ayuda. En la noche del 12 al 13
se habían producido unos espantosos hechos:
se oyeron varios disparos en el exterior de la granja, y tres de los
doce grandes perros fueron encontrados muertos a la mañana siguiente. Por
minadas se contaban las huellas de zarpas que había en el camino, y entre ellas
podían verse las huellas humanas de Walter Brown. Akeley intentó telefonear a
Brattleboro para que le enviasen más perros, pero la comunicación se cortó al
poco de empezar a hablar. Posteriormente, se fue en coche a Brattleboro, en
donde se enteró de que los
instaladores de líneas telefónicas habían encontrado el cable
principal cortado con suma limpieza en un lugar de las despobladas montañas al
norte de Newfane. Pero Akeley se disponía a regresar a casa con cuatro nuevos y excelentes perros y varias cajas de
munición para su rifle de repetición de
gran calibre. La carta, escrita en la oficina de correos de Brattleboro, llegó
a mis manos sin ningún retraso. Mi actitud respecto a todo aquello había pasado
en poco tiempo de un interés científico a otro personal y alarmista. Temía por
Akeley en su remota y solitaria granja, e incluso albergaba temores por mi
mismo a causa de todo lo que sabía en relación con el extraño caso de la
montaña. Aquello trascendía toda lógica. ¿Acabaría también por absorberme y engullirme a mí? Al contestar a la carta de Akeley, le insté a
que buscara ayuda, insinuándole que si no lo hacía él podría intentarlo
yo. Le hablé de mi intención de ir a Vermont en persona a pesar de sus deseos
en contra, y de ayudarle a explicar el caso a las autoridades competentes. Por
toda contestación, empero, recibí un telegrama expedido en Bellows Falls y que
decía así:
AGRADEZCO SU ATENCION PERO NO PUEDO
HACER NADA. NO HAGA NADA PUES PODRIA PERJUDICARNOS A AMBOS. ESPERE
EXPLICACION. HENRY AKELY.
Pero el asunto se complicaba cada vez más. Tras contestar al telegrama,
recibí una temblorosa nota de Akeley con la sorprendente noticia de que no sólo
no había enviado el telegrama, sino que no le había llegado mi carta a la que aquél daba contestación. Tras apresuradas
indagaciones en Bellows Falís se
comprobó que el telegrama fue cursado por un
extraño individuo de cabello color terroso y voz curiosamente pastosa y
susurrante, y eso fue prácticamente todo lo que Akeley pudo sacar en claro. El
funcionario de telégrafos le enseñó el texto original garrapateado a lápiz por
el remitente, pero la caligrafía resultaba completamente desconocida. Se
apreciaba un error en la firma A-K-E-L-Y, sin la segunda E. Ciertas conjeturas
eran, inevitables a partir de ahí,
pero la crisis le había afectado de tal forma que no se paró a meditar al respecto.
Hablaba de la muerte de más perros, de la compra de otros nuevos, y del
cruce de disparos que había acabado siendo una nota peculiar de las noches sin
luna. Las huellas de Brown y de al menos uno o dos seres humanos más, que
iban calzados, podían verse casi siempre
entre las huellas de zarpas que había en
el camino y en la parte trasera de la granja. La situación, reconocía Akeley,
se había vuelto insoportable, y lo
más probable es que muy pronto se marchara a vivir a California con su hijo, vendiera o no la vieja casa. Pero no resultaba nada fácil
abandonar el único lugar que uno podía considerar realmente su hogar. Trataría
de seguir allí algo más. Tal vez consiguiera ahuyentar a los
intrusos.., sobre todo si abandonaba de una vez por todas cualquier intento de
profundizar en sus secretos.
Contesté inmediatamente a Akeley, renovándole mis ofrecimientos de ayuda, y le hablé de nuevo de visitarle y
ayudarle a convencer a las autoridades del extremo peligro que corría. En su
respuesta parecía menos predispuesto
contra el plan de lo que su anterior actitud habría hecho suponer,
aunque dijo que le gustaría aplazar su salida unos días más... justo el tiempo
suficiente para poner en orden sus cosas
y hacerse a la idea de que tenía que abandonar el casi morbosamente querido
suelo natal. La gente albergaba sospechas sobre sus estudios e investigaciones,
y lo mejor sería salir sin ruido de la comarca, sin provocar alborotos ni que
empezaran a circular rumores sobre su salud mental. Habla pasado mucho,
afirmaba, pero querría marcharse de un modo digno a ser posible.
La carta llegó a mis manos el 28 de agosto, e inmediatamente le escribí
y eché al correo una carta de contestación animándole
en sus proyectos. A lo que se vio, mis palabras
de ánimo surtieron efecto, pues Akeley parecía más tranquilo cuando
contestó mi nota. No obstante, no se hacía muchas ilusiones pues creía que lo
único que retenía a aquellas criaturas era que habla luna llena. Confiaba que
no hubiese muchas noches nubladas, y de pasada hablaba de irse a vivir a una pensión a Brattleboro cuando la luna
empezara a menguar. Volví a escribirle en tono animoso, pero el 5 de septiembre
me llegó una carta que sin duda debió cruzarse con la mía en el correo... y
esta vez sí que me fue imposible darle ninguna respuesta alentadora. En vista
de su importancia creo que lo mejor será
transcribirla íntegramente, todo lo mejor que mi memoria me permita recordar
aquella temblorosa letra. Poco más o menos, decía así:
Lunes
Querido Wilmarth:
Una postdata harto desoladora a mi última carta. Anoche el cielo estaba
plagado de nubes — aunque no llovió— y no se veía luz procedente de la luna. La
situación empeoró tremendamente, y mucho me temo que se acerque el final, en contra de todo lo que esperábamos.
Pasada la medianoche algo se posó en el tejado de la casa y los perros se
precipitaron fuera a ver qué pasaba. Les oi ladrar y aullar, y seguidamente uno
consiguió encaramarse al tejado saltando desde un cobertizo bajo. Se entabló
una feroz lucha allí arriba, y oí un
espantoso susurro que jamás olvidaré. Y luego llegó hasta mí un tufo
irresistible. Casi al mismo tiempo unos proyectiles atravesaron la ventana y a
punto estuvieron de alcanzarme. En mi opinión, una avanzadilla de las
criaturas de la montaña se acercaron a
la casa mientras los perros estaban entretenidos con lo que sucedía en el
tejado. Ignoro qué pasaría allí,
pero me temo que esos seres están apren- diendo a gobernar mejor sus alas
espaciales. Apagué la luz y utilicé las ventanas a modo de troneras, y barrí
toda la casa con fuego de rifle apuntando alto a fin de no herir a los perros,
tras lo cual se puso fin a la contienda. Pero, a la mañana siguiente, descubrí
grandes charcos de sangre en el patio, además de otros de una sustancia verde y
viscosa que despedían el olor más nauseabundo que mi memoria recuerda. Me encaramé al tejado en donde
encontré más restos de aquella sustancia viscosa.
Cinco perros habían caído muertos... me
temo que a uno lo maté yo por apuntar muy alto, pues tenía un tiro en el lomo.
Ahora estoy cambiando los cristales que se rompieron a causa de los disparos, y dentro de unos momentos
salgo para Brattleboro en busca de más perros. Los hombres de las perreras
deben creer que estoy loco. Le pondré otra nota a la vuelta. Espero poder
mudarme dentro de una o dos semanas, aunque casi me mata sólo pensar en ello.
Apresuradamente, Akeley.
Pero ésta no fue la única carta de Akeley que se cruzó con la mía. A la
mañana siguiente — -6 de septiembre— recibí otra.
Esta vez eran unos mal trazados garrapatos que me desconcertaron por completo y que me dejaron sin saber qué
decir o hacer. Una vez más, lo mejor será que reproduzca el texto de la carta
lo más fielmente que la memoria me lo permita.
Martes
No se abrió ningún claro entre las nubes de modo que tampoco hubo luna, la cual, por otro
lado, está en fase de cuarto
menguante. Si no fuera porque sé que cortarían los cables una y otra vez que los arreglaran llevaría
electricidad hasta la casa e instalaría un foco.
Creo que voy a volverme loco. Es posible que todo lo que le he escrito
no sea más que un sueño o simple locura. Ya estaban mal las cosas antes, pero
esta vez sobrepasan todo lo imaginable. Anoche hablaron conmigo... me hablaron
en aquella horrible y susurrante yoz para decirme cosas que no me atrevo a repetir
aquí. Les oí con toda nitidez a pesar de
los ladridos de los perros., y en un momento determinado en que empezaba
a no oírse les, se oyó una voz humana
que vino en su ayuda. No se meta en esto, Wilmarth... es mucho peor de lo que sospechábamos. Ahora no
quieren dejarme ir a California: quieren llevarme con
ellos vivo, o lo que teórica y mentalmente equivale a vivo.., y que les
acompañe no sólo a Yuggoth, sino mucho más allá... lejos de la galaxia, y
posiblemente más allá del último círculo de anillo espacial. Les dije que no
les seguiría a donde ellos quieren que vaya,
ni me dejaría llevar del modo tan
terrible que ellos proponen, pero
temo que todo sea inútil. Mi casa está tan apartada que dentro de poco podrán
presentarse lo mismo de día que de noche. Seis perros más han muerto, y cuando
hoy me dirigía a Brattleboro sentía que me observaban desde los bosques que bordean el camino.
Fue un error por mi parte tratar de enviarle la grabación fonográfica y
la piedra negra. Será mejor que destruya la grabación antes de que
sea demasiado tarde. Le pondré unas líneas mañana, si es que
sigo aquí todavía. Me gustaría poder
llevarme a Brattleboro mis libros y otras pertenencias y alojarme en
alguna pensión. Si pudiera echaría a correr ahora
mismo y lo dejaría todo detrás, pero hay algo dentro de mí que me lo
impide. Podría escaparme a Brattleboro, donde estaría a salvo, pero tengo la
impresión de que allí me sentirla tan prisionero como en mi casa. Y, a mi
juicio, no creo que pudiera ir mucho más lejos, ni aunque lo dejara todo y lo
intentara. Es realmente horrible.., no se mezcle en todo esto.
Atentamente, Akeley.
Después de leer esta horrible carta no dormí en toda la noche. No sabía
qué decir acerca del estado de salud mental de Akeley. El contenido de la carta
era totalmente demencial, pero la forma de expresarlo — habida cuenta de todo
lo acontecido hasta entonces— resultaba sombría y tremendamente convincente.
Decidí no contestarla, pensando que sería mejor aguardar hasta que Akeley dispusiera
de tiempo para responder a mi última carta. Como era de esperar, la respuesta llegó al día siguiente,
aunque las noticias frescas que se
recogían en ella eclipsaron prácticamente
las cuestiones que se planteaban en la carta a la que en teoría respondía.
A continuación reproduzco lo que recuerdo de su texto, garrapateado y lleno de
tachaduras como si hubiese sido escrito
en el curso de un frenético y apresurado impulso.
Miércoles
W...
Recibí su carta, pero es inútil seguir hablando sobre el tema. Estoy
completamente resignado. Me sorprende que aún me queden fuerzas para
rechazarlos. No podría escapar ni aun en el caso de que estuviera dispuesto a
abandonarlo todo y salir corriendo. Me atraparían.
Ayer
recibí una carta de ellos.., me la entregó un tipo de nombre R. F. D. en
Brattleboro Estaba mecanografiada y
llevaba matasellos de Bellows Falís. En ella se dice lo que quieren
hacer conmigo... No me atrevo a repetirlo. ¡Tenga cuidado Wilmarth! Destruya la
grabación. Quisiera decidirme y pedir ayuda — tal vez ello me haría recobrar mi
fuerza de voluntad—, pero quienquiera que viniese en ayuda mía pensaría que
estoy loco, a no ser que le presentara pruebas concluyentes. No puedo pedir
ayuda a la gente si no tengo un buen motivo... No tengo ni he tenido el menor
contacto con nadie en muchos años.
Pero aún no le he contado lo peor, Wilmarth. Prepárese para leer lo que sigue, pues se va a
llevar un sobresalto mayúsculo. Pero no
hago más que decirle la pura verdad. Prepárese, pues, como le digo: he visto y tocado a uno de los seres, o menos parte de uno de los seres. Fue algo horrible,
¡Dios mío! Estaba muerto, naturalmente. Esta mañana me lo encontré
junto a la perrera:
¡uno de los perros lo tenía entre sus garras! Traté de esconderlo en la
leñera para así poder mostrárselo y con- vencer
a mis vecinos, pero en unas horas se evaporó. No quedó ni el menor rastro de
él. Como usted bien sabe, sólo la primera mañana tras la inundación se vieron
aque- -los seres flotando en los
ríos. Y aquí viene lo peor. Traté de fotografiarlo para mostrárselo luego, pero
cuando revelé la película en ella no se
veía más que la leñera. ¿De qué podía estar hecho ese ser? Al menos, puedo
decir que vi y palpé uno, y que todos ellos dejan huellas de pisadas. Sin duda estaba hecho de materia, pero ¿qué
clase de materia? No sabría cómo describir su forma. Era un enorme cangrejo,
con un montón de anillos piramidales carnosos o ligamentos de una sustancia
espesa y viscosa, cubierto de tentáculos en el lugar donde el hombre tiene la
cabeza. Aquella sustancia verde y pringosa era su sangre o jugo. Y a cada
momento que pasa crece su número sobre la tierra.
Walter Brown ha desaparecido. No se le ha visto últi- mamente
merodeando por ninguna de las esquinas que solía frecuentar en los pueblos de
los alrededores. Uno de mis disparos debió alcanzarle, aunque aquellas
criaturas se llevan
siempre
consigo sus muertos y heridos.
Esta tarde acudí a la ciudad y no tuve el menor contratiempo, pero temo
que comiencen a retraerse porque ya me conocen muy bien. Escribo esta carta en
la oficina de correos de Brattleboro. Tal vez sea una despedida. En tal caso,
escriba a mi hijo, George Goodenough Akeley, 176 Pleasant St., San Diego,
California, pero no venga aquí por lo que
más quiera. Escríbale a mi hijo si no vuelve a saber de mí dentro de una
semana... y esté atento a las noticias de los periódicos.
- Voy a jugarme las dos últimas cartas que me quedan... si es que aún
tengo arrestos. La primera es tratar
envenenar con gas a esos seres (tengo los productos químicos
necesarios, y me he fabricado máscaras para mí y para los perros), y si veo que
no- da resultado iré a contárselo al sheriff. Es
posible que me encierren en un manicomio, pero en cualquier caso será siempre
preferible a lo que las otras criaturas
harían conmigo. Tal vez pueda conseguir que presten atención a las huellas que
hay en torno a la casa: son borrosas,
pero puedo verlas todas las mañanas. Puede suceder también que la policía diga
que trato de engañarles, pues la gente opina de mí que soy un personaje muy extraño.
Lo mejor sería que un policía pasara una noche aquí y lo viera
todo con sus propios ojos... aunque lo más probable es que las criaturas se
enteraran y no aparecieran. Me cortan los cables del teléfono cuando intento
telefonear de noche; los empleados de
la compañía tele fónica creen que es algo muy extraño, quizá puedan testimoniar
en favor mío... si es que no llegan a creer que yo mismo corto los hilos. Hace
ya más de una semana que están sin reparar.
Podría asimismo hacer que algún campesino de los aledaños atestiguara
en mi nombre la realidad de los horrores, pero
todo el mundo se ríe de lo que dicen esas gentes sencillas, y, por otro
lado, hace ya tanto que no vienen por aquí que no saben nada de lo - que está
pasando. Ni uno solo de esos pobres granjeros se acercaría a menos de una milla
de distancia de mi casa, ni por todo el oro del mundo. El cartero les oye hablar
y luego viene a contármelo
en tono jocoso...
¡Dios mio! Si me atreviera a decirle que no es sino la pura verdad. Creo que lo mejor sería
llevarle a ver las huellas,
pero siempre viene por la tarde y para entonces, por lo general, ya están borradas. ¿Y si
tratara de conservar- una po- niendo encima una caja o una cazuela?... - ¡Bah!
Entonces creería casi con toda seguridad que se trataba de una patraña o una broma.
Ojalá no llevara una vida tan solitaria; pues la gente ya no pasa a yerme como solía. Nunca me - be
atrevido a mostrar la piedra negra o las fotografías kodak ni dejar escuchar la grabación, pues, salvo los sencillos
aldeanos, los demás habrían creído que no era más que una farsa y se habrían
echado a reír. Pero aún puedo tratar de enseñarles - las fotografías. En ellas
pueden apreciarse bien las pisadas, aun cuando no aparezcan los seres que las
produjeron. ¡Qué lástima que nadie viese aquel ser esta mañana, antes de
que se desvaneciera en el aire!
Pero no sé por qué me preocupo. Después de todo lo que he pasado, tan
bueno es un manicomio como cualquier otro lugar. Los médicos me ayudarán a
olvidar los malos momentos que he pasado en esta - casa; sólo eso podrá
salvarme. - Escriba a mi hijo George si no tiene pronto
noticias mías. Destruya la grabación y no se meta
para nada en esto.
Atentamente, Akeley
Esta carta me sumió en un terror abismal. No sabía qué responder, así
que me limité a garrapatear unas incoherentes palabras de consejo y aliento,
enviándoselas a mi corresponsal por correo certificado. Recuerdo que en aquella
carta le instaba a Akeley a que se trasladara inmediatamente a Brattleboro y se pusiera bajo la protección
de las autoridades, añadiéndole que yo me dirigiría allá con la grabación fonográfica y le ayudaría a
convencer a los jueces de su
cordura. Creo que le decía también que había llegado el momento de alertar a la
gente de la presencia de tales seres. Conviene señalar que en aquellos momentos
de extrema tensión creía prácticamente en todo lo que decía Akeley, aunque pensaba
que si no pudo hacer una
fotografía - del
monstruo muerto era más culpa suya que atribuible a algún fenómeno de
la Naturaleza.
V
El sábado 8 de septiembre por la tarde, tras cruzarse al parecer con mis incoherentes líneas, recibí
una extraña y tranquilizadora carta, mecanografiada con toda pulcritud en una
máquina a todas luces nueva. Era una extraña carta en la que trataba de tranquilizarme
y me hacía una invitación; en ella se operaba una prodigiosa transición en el
curso del alucinante drama de las solitarias montañas. De nuevo echo mano de la memoria para reproduciría,
y en esta ocasión, por motivos especiales, trataré de atenerme con la
mayor fidelidad posible al estilo.
Llevaba matasellos de Bellows Palis, y tanto el texto de la carta como la firma
estaban a má- quina, como suele ser
corriente entre quienes aprenden mecanografía. El texto, sin embargo, mostraba
una gran precisión para tratarse de un aprendiz, de lo que deduje que Akeley
debió escribir a máquina en algún momento de su vida... quizá en sus años de
estudiante. Si bien es cierto que la
carta me tranquilizó bastante, bajo aquel alivio se ocultaba una sensación de desasosiego.
Si Akeley estaba en su sano juicio cuando experimentaba terror, ¿lo estaba
también ahora en la nueva situación?
Y esas «mejores relaciones» a que se refería, ¿qué era exactamente? Aquello
suponía un cambio radical en la actitud que hasta entonces había mantenido
Akeley. Pero lo mejor será que reproduzca el texto, minuciosamente transcrito
gracias a una memoria de la que, modestamente, me enorgullezco.
Townshend,
Vermont.
Jueves, 6
de septiembre de 1928.
Mi querido Wilmarth:
Es para mí un gran placer poder tranquilizarle respecto a todas las tonterías de que le he estado escribiendo.
Digo
«tonterías», aunque lo que trato con ello es de referirme más a mi actitud asustadiza que
a mis descripciones de ciertos fenómenos. Tales fenómenos son auténticos y, sin
duda, muy importantes. Mi error ha
radicado en la anómala actitud que he
mantenido respecto a ellos.
Creo haberle dicho que mis extraños visitantes habían empezado a
comunicarse conmigo, y a intentar
establecer una comunicación. Anoche se materializó el diálogo. En
respuesta a ciertas señales que me hicieron dejé entrar en casa a un mensajero de los del exterior... un
ser humano, me apresuraré a decir. Me contó cosas que ni usted ni yo nos habríamos atrevido siquiera a imaginar,
y me demostró bien a las claras que nuestros juicios y conjeturas sobre la
razón de mantener el secreto acerca
de la colonia que los Exteriores han establecido en nuestro planeta estaban
totalmente descaminadas.
Al parecer, las malignas leyendas sobre lo que ofrecen a los hombres y
esperan obtener de la tierra, son el resultado de una interpretación errónea y - superficial del lenguaje alegórico. Un
lenguaje, bien entendido, moldeado por tradiciones culturales y hábitos mentales muy distintos de los nuestros.
Mis propias conjeturas, debo
reconocerlo, eran tan erróneas como podrían serlo los barruntos de cualquier campesino analfabeto o de un
indio salvaje. Lo que en un principio había juzgado morboso, vergonzoso e
ignominioso es en realidad algo sorprendente, algo que ensancha los limites de
la imaginación y resulta hasta glorioso. El juicio que me merecían antes no era
sino una fase de la eterna tendencia humana a odiar, temer y rehuir lo
radicalmente distinto.
Ahora lamento el daño que he infligido a esos extraños e increíbles
seres en el curso de nuestras escaramuzas nocturnas. ¡Si no hubiera puesto
reparos a hablar pacífica y razonablemente con ellos desde un primer momento!
Pero no me guardan el menor rencor
pues sus movimientos se rigen por un
código muy diferente del nuestro. La desgracia
suya
ha sido que sus agentes humanos en Vermont eran tipos de baja calaña,
como el difunto Walter Brown por ejemplo. Por culpa de Brown he albergado
grandes prejuicios contra ellos. Pero lo cierto es que nunca han causado,
conscientemente al menos, daño a los hombres, si bien algunos congéneres
nuestros les han espiado y juzgado cruelmente. Hay todo un culto secreto
practicado por hombres perversos (un hombre con su erudición mitológica me
entenderá perfectamente cuando lo relaciono con Hastur y la Señal Amarilla)
cuya finalidad es seguirles la pista e injuriarles en nombre de abominables
poderes procedentes de
-otras galaxias. Las drásticas medidas de precaución que han adoptado
los Exteriores van precisamente dirigidas contra tales agresores, y no contra
la especie humana en general. A título
incidental, me he enterado de que muchas de nuestras cartas perdidas fueron -
robadas no por los Exteriores sino por
los emisarios del maligno culto de que le hablo.
Lo único que los Exteriores desean del hombre es paz, no sufrir
molestias y unas relaciones a nivel intelectual cada vez mayores. Esto último
les es absolutamente imprescindible en estos momentos en que nuestras
invenciones y máquinas ensanchan los limites de nuestro conocimiento y
acciones, y hacen que cada vez sea más difícil la existencia secreta de las
necesarias avanzadillas de los Exteriores en este planeta. Lo que estos
extraños seres buscan es tener un conocimiento
más profundo del hombre y que los principales filósofos y científicos de
la humanidad lleguen a conocerles mejor. Con semejante intercambio de
conocimientos desaparecerían todas las
amenazas y podría establecerse un modus
vivendi que satisficiera a todos. La sola idea de pensar en la posibi-
lidad de esclavizar o degradar a la especie humana resulta de
todo punto ridícula.
Para iniciar estas nuevas relaciones, los Exteriores han decidido elegirme a mí por el ya más
que considerable conocimiento que de ellos tengo— como su primer intérprete en
la tierra. Anoche me revelaron muchas cosas —hechos
de la más sorprendente
naturaleza, que abren insospechadas perspectivas—,
y mucho más se me dará a conocer en lo
sucesivo, tanto de palabra como por escrito. Por el momento no se me
pedirá que haga ningún viaje al exterior, aunque probablemente desearé hacerlo
con el tiempo; en tal supuesto,
habré de emplear medios especiales y trascender todo lo que hasta aquí estamos
acostumbrados a considerar como experiencia humana. En lo sucesivo no volverán a asediar más mi casa. Todo ha vuelto a la
normalidad y los perros no tendrán en qué ocuparse. En lugar de terror se me
ofrece un presente rico en conocimientos y con la perspectiva de una aventura
intelectual que pocos mortales han podido disfrutar hasta ahora.
Los Exteriores son quizá los seres orgánicos más mara- villosos que
existen en o allende el espacio y el tiempo; integrantes de una raza cósmica de
la que el resto de- las formas con vida no son sino meras variantes degradadas.
Son más vegetales que animales, si es que tales términos pueden aplicarse a la
materia de que están formados, y tienen un aspecto un tanto fungiforme, aunque
la presencia de una sustancia semejante a la clorofila y un sistema nutritivo
muy peculiar les distingue de los auténticos hongos cormofíticos. En realidad,
están formados de una materia totalmente ajena al sector del espacio en que
habitamos, con electrones que cuentan con un número de vibraciones absolutamente distinto. De ahí que estos
seres no puedan fotografiarse con los films y placas ordinarios del universo
conocido, aun cuando puedan verlos nuestros ojos. No obstante, cualquier buen
profesional de la química que tuviera los conocimientos requeridos podría hacer
una emulsión fotográfica que repro- dujera
sus imágenes.
Los Exteriores tienen una extraordinaria capacidad para atravesar en plena forma corpórea el
vacío interestelar, en el que no hay aire ni calor, en tanto que algunas variantes
suyas
- no pueden hacerlo si no es gracias a una ayuda mecánica o a curiosos transplantes quirúrgicos. Sólo
unas cuantas especies poseen las alas resistentes al éter características
de la variedad de Vermont. Las que
habitan en ciertas cumbres remotas de Europa llegaron por otros procedimientos.
Su semejanza externa con la vida animal, y con la modalidad
de
estructura que consideramos material, es una cuestión de evolución
paralela más que de estrecho parentesco. Su
capacidad cerebral sobrepasa a la de cualquier otra forma de vida
existente, aunque las especies aladas de nuestra montañosa región distan mucho
de ser las de mayor desarrollo. La telepatía es su medio habitual de comunicación,
aunque poseen unos órganos vocales rudimentarios que, tras una ligera operación
(pues la cirugía ha alcanzado un tremendo desarrollo entre ellos), pueden
facultarles para duplicar el habla de aquellos tipos de organismo que todavía
hacen uso del habla.
Su principal morada inmediata es
un planeta todavía por descubrir y casi sin luz situado en el confín mismo de
nuestro sistema solar: más allá de Neptuno y el noveno a partir del sol. Es,
como suponíamos, el objeto al que en- ciertos antiguos y prohibidos escritos se
denomina místicamente
«Yuggoth», y pronto será el escenario de una
extraña proyección de la mente sobre nuestro mundo con el fin de facilitar las relaciones intelectuales.
No me sorprendería que los
astrónomos se mostraran lo suficientemente sensibles a estas corrientes mentales y descubrieran Yuggoth cuando a los
Exteriores les parezca oportuno. Pero Yuggoth, por supuesto, es sólo el principio.
El grueso de los seres habita en abismos
dotados de una extraña organización fuera del alcance de toda imaginación
humana. El glóbulo espacio- tiempo que reconocemos como la totalidad de toda
entidad cósmica no es sino un átomo de la verdadera infinidad en que están
insertos, Y a mí se me va a mostrar todo
lo que el cerebro humano puede abarcar de esa infinidad, algo que sólo se ha
hecho con no más de cincuenta hombres desde los comienzos de la especie humana.
Es posible que al principio todo esto le parezca un desvarío, Wilmarth,
pero con el tiempo se dará perfecta cuenta de la
increíble oportunidad que se me presenta. Mi deseo es que usted comparta
conmigo al máximo posible esta experiencia, y a tal fin tengo que contarle
miles de cosas que no puedo reproducir sobre el papel. Hasta hoy le había
aconsejado que no viniera a yerme. Pero ahora que todo va bien, sería para
mí un gran placer que olvidara mi advertencia y aceptase ser mi
huésped.
¿No podría usted darse una vuelta por aquí
antes de iniciarse el curso en la Universidad? Sería realmente maravilloso si pudiera hacerlo. Traiga la grabación
fonográfica y todas las cartas que le he escrito para utilizarlas como elemento
de consulta: las necesitaremos para reconstruir toda esta impresionante
historia. Le agradecería que trajese también las fotografías, pues con la
excitación de estos días parece que he extraviado los negativos y mis
fotografías. Pero no se imagina la
cantidad de datos que voy a añadir a todo este tentador y sugestivo material ¡y
mucho menos el sensacional plan que he
ideado para complementar mis aportaciones!
No lo dude. Nadie me espía ahora, y tampoco encontrará
usted nada anormal o que pueda perturbarle. Venga e iré a buscarle en mi
coche a la estación de Brattleboro.
Dispóngase - a pasar aquí una larga temporada, y prepárese a oír
hablar durante largas veladas de cosas que escapan a toda conjetura humana.
Bien entendido que no debe decir nada a nadie, pues el asunto en cuestión no
debe trascender al público.
El servicio de trenes a Brattleboro no es malo. En Boston puede
enterarse del horario. Tome el B. & M. hasta Greenfield, y trasborde allí
para el corto trayecto que le resta. Le aconsejo que coja el que sale a las 4,10
de la tarde de Boston. Dicho tren llega a Greenfield a las 7,35, de donde a las 9,19 sale otro que pasa por Brattleboro a las
10,01 de la noche. Todo ello entre semana. Comuníqueme la fecha e iré a la
estación a esperarle con mi coche.
Perdone que le escriba a máquina, pero, como usted bien sabe,
últimamente me falla el pulso y no me siento capaz de escribir largos párrafos. Ayer compré esta nueva
Corona en
Brattleboro, y parece que funciona a la perfección.
-
En espera de sus noticias, y deseando verle muy pronto con la grabación fonográfica, todas mis cartas y
las fotografías, queda atentamente
suyo,
Henry W. Akeley.
A ALBERT N. WILMARTH UNIVERSIDAD DE MISKATONIC ARKHAM, MASS.
La complejidad de mis emociones tras leer, releer y reflexionar sobre tan extraña e
inesperada carta sobre-pasa toda posible descripción. He dicho que de repente
me sentí aliviado al tiempo que me invadía una sensación de desasosiego, pero
esto sólo expresa burdamente las implicaciones de multitud de sentimientos, en
gran medida subconscientes, que encerraban tanto desahogo como inquietud. Para
empezar aquella carta estaba tan en las antípodas de toda la cadena de horrores
que la precedieron... El cambio de actitud desde el terror más descarnado a
aquella fría complacencia, e incluso exaltación, era algo tan imprevisto,
meteórico y radical... Me resultaba difícil creer que en un solo día pudiese
cambiar de tal manera la perspectiva psicológica de alguien que había escrito
aquella exasperada nota del miércoles, al margen de cualquier descubrimiento
esperanzador que hubiera experimentado con la llegada del nuevo día. En ciertos
momentos, una sensación de irrealidades en conflicto me hacía preguntarme si
todo aquel insólito drama de fantásticas fuerzas del que no era partícipe
directo no seria una especie de sueño ilusorio producto en gran medida de mi
propia imaginación. Luego mi atención se
centró en la grabación fonográfica y mi aturdimiento fue aún mayor.
¡Distaba tanto aquella carta - de todo lo que cabía esperar! Al
analizar mis impresiones comprobé que había dos fases bien diferenciadas. En la
primera, en el supuesto de que Akeley hubiera estado y estuviera aún en su sano
juicio, el cambio operado en la
situación había sido rapidísimo e increíble. En una segunda fase, el cambio
experimentado en la actitud, modo de expresarse y lenguaje de Akeley distaba
mucho de lo que puede conceptuarse como
normal o previsible. Su personalidad entera parecía haber experimentado una
sospechosa transformación, una mutación tan radical que difícilmente
podían reconciliarse sus dos aspectos, en el supuesto de que ambos
representaran idéntico estado de equilibrio mental. Las palabras, la
ortografía... todo era sutilmente distinto. Y con mi sensibilidad académica
hacia la prosa
literaria, pude descubrir profundas divergencias en sus más normales
reacciones y en el ritmo de sus respuestas Desde luego, el cataclismo emocional
o revelación capaz de producir tan
brusca transformación debió de ser tremendo, no cabe la menor duda. Pero
también es cierto que la carta tenía todo el estilo de Akeley. La misma pasión
por lo infinito, la misma curiosidad intelectual... Ni por un momento —o más de
un momento— se me ocurrió la idea de que pudiera ser falsa o hubiera una malintencionada
sustitución. ¿Acaso no era la invitación esa buena disposición suya a que comprobara en persona la veracidad de la
carta— prueba suficiente de su autenticidad?
El sábado por la noche no me acosté. Lo pasé en vela pensando en los
misterios y prodigios ocultos tras aquella última carta. Mi mente, resentida
por la rápida sucesión de monstruosas ideas a que había tenido que hacer frente
en los últimos cuatro meses, no dejaba de dar vueltas a este nuevo y
sorprendente material que llegaba a mis manos, pasando de la duda a la
aceptación en un ciclo que no hacía sino repetir la mayoría de las fases por
las que atravesé al enterarme por vez primera de tales prodigios. Hasta que
mucho antes del amanecer, el interés y la curiosidad que me embargaban
comenzaron a reemplazar el marasmo de perplejidad e inquietud en que me sumí en
un primer momento. Loco o cuerdo, metamorfoseado o simplemente aliviado lo
cierto es que Akeley había descubierto un impresionante cambio de enfoque en su
azarosa investigación. Un cambio que reducía drásticamente el peligro -real o
imaginario- en que se encontraba, a la vez que abría nuevas e insospechadas
perspectivas al conocimiento de lo cósmico y sobrehumano. Mi fervor por lo
desconocido se avivó en mi afán por igualar el suyo, y me sentí contagiado por
salvar a aquel mórbido
obstáculo que se interponía en mi camino. Liberarme de las enloquecedoras y extenuantes
limitaciones que imponen el tiempo, el espacio y la ley natural... entrar en
relación con el inmenso espacio exterior... acercarme a los espectrales y
abismales secretos de lo infinito y lo esencial... ¡sin duda, valía la pena
arriesgar la vida, el alma y hasta el
propio juicio! Y, además, Akeley decía que ya no había peligro..., me invitaba a visitarle en lugar de
aconsejarme que me mantuviera alejado como había - hecho hasta entonces. Una comezón me invadía ante la sola idea de
lo que Akeley iba a contarme... Sentía tal fascinación que casi me impedía todo
movimiento el imaginarme sentado allí, en aquella solitaria y
— en los últimos
tiempos— asediada granja, ante un hombre que había hablado con auténticos
emisarios del espacio exterior;
sentado allí con aquella espeluznante grabación y el montón de cartas en que
Akeley había tratado de resumir sus conclusiones previas.-
De modo que no lo pensé más y el domingo por
la mañana envié un telegrama a Akeley en el que le decía que le encontraría en
Brattleboro el miércoles siguiente
—
-el 12 de septiembre— si no tenía nada que objetar a
aquella fecha. Sólo en una cosa no seguí sus indicaciones: en la elección del
tren. Con franqueza, no me agradaba nada la idea de llegar bien entrada la noche
a aquella encantada región de Vermont, así que, en lugar de ir en el tren que
Akeley sugería, telefoneé a la estación e hice otra combinación Levantándome temprano y cogiendo el tren de las
8,07 con destino a Boston, podía tomar el de las 9,25 que llegaba a Greenfield a las 12,22. Este conectaba exactamente
con un tren que llegaba a Brattleboro a la 1,08 de la tarde... hora a todas
luces infinitamente mejor que las 10,01 de la noche para encontrar a Akeley y
viajar con él por aquella comarca abigarrada de cumbres montañosas y
encubridora de tantos -secretos.
Le comuniqué mi combinación en el telegrama, y me alegró saber en la
respuesta que me envió aquella misma noche que estaba de acuerdo con mis
planes. Su telegrama decía así:
COMBINACION SATISFACTORIA. LE ESPERARE TREN UNA OCHO MIERCOLES. NO
OLVIDE
GRABACION CARTAS Y FOTOGRAFIAS. TRANQUILICESE HASTA ESE
DíA..
ESPERE GRANDES REVELACIONES.
AKELEY
La llegada a mis manos de este mensaje, respuesta directa del que envié
a Akeley — y que por fuerza tenía que haber sido llevado a su casa desde la
estación de Townshend, bien por un
funcionario de telégrafos o a través del hilo telefónico reparado-, borró
cualquier duda subconsciente que pudiera albergar acerca de la autoría de tan
sorprendente carta. Experimenté una gran sensación de alivio, desde luego infinitamente mayor de la que podía
esperar por entonces, pues mis dudas no se habían desvanecido del todo sino que estaban profundamente soterradas. Pero
aquella noche dormí a pierna suelta y hasta bien entrada la mañana, y durante
los dos días siguientes me dediqué afanosamente a hacer los preparativos del viaje.
VI
El miércoles me puse en camino, tal como habíamos acordado, llevando
por todo equipaje una maleta llena de objetos personales y material científico;
es decir, la horrible grabación fonográfica, las fotografías y toda la correspondencia mantenida con Akeley.
Siguiendo las instrucciones, no le dije a nadie adónde iba; me daba perfecta
cuenta de que todo aquello requería la máxima discreción, aun por muy
favorablemente que evolucionase. La sola idea de un auténtico contacto mental
con entes extraños procedentes del mundo exterior -no dejaba de resultar
prodigiosa para una mente preparada, e incluso un tanto predispuesta, como la
mía. ¿Cuál seria, pues, su efecto sobre la masa de profanos sin ningún
conocimiento sobre la
materia? No sé qué sentimiento predominaba en mí, si el temor o la
expectación ante lo desconocido, cuando, tras cambiar de tren en Boston, me
adentré en dirección oeste dejando atrás un territorio conocido. Waltham...
Concord... Ayer... Fitchburg... Gardner... Athol...
- El tren llegó a Greenfield con siete minutos de retraso, pero aún
estaba esperando el expreso que enlazaba en dirección norte. A toda prisa
transbordé, y mientras el tren discurría a plena luz del día por territorios de
los que había leído mucho, pero jamás había visitado, experimenté una extraña
sensación de desasosiego. Me adentraba en una Nueva Inglaterra más primitiva y retrasada que las
mecanizadas y urbanizadas regiones meridionales y del litoral en que había
pasado toda mi vida; una Nueva Inglaterra ancestral y todavía intacta, sin los
extranjeros ni los humos de las fábricas, sin los anuncios ni las carreteras de
hormigón que pueden verse allí donde ha llegado la modernidad. Podían
apreciarse esporádicos restos de una vida aborigen no abandonada cuyas
profundas raíces la convertían en
auténtica prolongación del país: esa vida aborigen, transmitida de generación
en generación que conserva extrañas y
antiguas tradiciones y fertilizan el suelo para que puedan germinar creencias
tenebrosas, maravillosas y rara vez mencionadas.
De vez en cuando veía a un lado la azul franja del río Connecticut
resplandeciendo bajo la luz del sol, y a la salida de Northfield lo cruzamos.
Al frente se vislumbraban unas verdes y enigmáticas montañas, y cuando pasó el
revisor me enteré de que nos encontrábamos ya en Vermont. Me dijo éste
que retrasara el reloj -una hora, pues en aquella montañosa región
septentrional no querían saber nada de cambios de hora para ahorrar luz solar.
Al hacerlo, me pareció como si retrasara
el calendario un siglo entero.
El tren se ceñía al curso - de las aguas, y en la otra margen, ya en New Hampshire, pude ver la cercana
ladera del escarpado Wantastiquet,
sobre el que circulaban todo tipo de antiguas
y extraordinarias leyendas. Luego aparecieron calles a mi izquierda y una isla
verde en medio del río, a mi derecha. La gente se levantó y se encaminó
hacia la puerta, y
yo les seguí. - El tren se detuvo, y de repente me encontré bajo la
larga marquesina de la estación de Brattleboro.
Mirando la hilera de automóviles que esperaban, vacilé un momento
tratando de averiguar cuál seria el Ford de Akeley, pero mi identidad fue
descubierta antes de que pudiera tomar ninguna iniciativa. Quien se dirigía
hacia mí con la mano tendida y me preguntaba con gran delicadeza si yo era
Albert
N. Wilmarth, de Arkham, no era, desde luego, Akeley. Aquel hombre no se
parecía en nada al barbudo y entrecano Akeley de la fotografía. Era una persona
mucho más joven y más de ciudad,
vestida a la moda y sólo con un bigote negro re-
cortado. Su refinada voz me produjo una sensación extraña y casi
inquietante de vaga familiaridad, aunque no pude precisar a quién me recordaba.
Mientras le examinaba, le oí explicar que era un amigo de mi presunto anfitrión y que había venido
de Townshend en su lugar. Akeley, decía, había sufrido un repentino ataque de la dolencia asmática de que sufría, y no
se encontraba en condiciones de hacer el viaje. Pero no era nada grave, y no
habría ningún cambio en los planes que me habían llevado hasta allí. No podía
columbrar en qué medida el tal Mr. Noyes —nombre con el que se me presentó— estaba al corriente de las
investigaciones y descubrimientos de Akeley, aunque dada su informal apariencia
no me los imaginaba juntos. Pensando en la vida solitaria que Akeley llevaba, me sorprendió un tanto el que pudiera
recurrir fácilmente a semejante amigo; pero mi perplejidad no me impidió
entrar en el automóvil que mi
acompañante me señalaba con un gesto. Aquel no era el viejo cochecito que
esperaba encontrar por las descripciones que me hizo Akeley, sino un grande e
inmaculado modelo de reciente aparición en el mercado,
propiedad de Noyes al parecer y con matrícula de Massachusetts, con el curioso emblema del «sagrado bacalao» de aquel año. Mi guía, deduje, debe
ser un veraneante de paso en la comarca de Townshend.
Noyes subió al coche y, sentándose a mi lado, lo puso en marcha al
instante. Me alegré de que no se mostrara locuaz pues una extraña tensión
atmosférica me hacía sentir reacio a
mantener una conversación. La ciudad parecía tener un singular
atractivo bajo la luz vespertina, mientras subíamos una cuesta y girábamos a la
derecha para entrar en la calle principal. Brattleboro dormitaba como esas
antiguas ciudades de Nueva Inglaterra que uno recuerda de su infancia, y algo
había en la disposición de los tejados, chapiteles, chimeneas y fachadas de ladrillos que hacían vibrar en
mí las cuerdas de hondas emociones ancestrales. Me pareció encontrarme en el umbral de una región medio encantada por
la acumulación de etapas sin discontinuidad temporal, una región en la que
podían acontecer y pervivir las cosas más antiguas y extraordinarias porque
jamás habían sido avivados sus rescoldos.
Mi tensión y presentimientos fueron en aumento a medida que dejábamos atrás Brattleboro, pues había
algo indefinido en aquel abigarrado paisaje montañoso con sus imponentes,
amenazadoras y apiñadas vertientes verdes y graníticas que hacían pensar en lóbregos secretos e inmemoriables reliquias
del pasado que muy bien podían ser hostiles al género humano. Durante algún tiempo nuestro trayecto discurrió
paralelo a un anchuroso río de escaso caudal que descendía desde las remotas
montañas del norte, y un estremecimiento recorrió mi cuerpo cuando mi
acompañante me dijo que aquél era el río
West. Fue en estas aguas precisamente donde, según recordaba haber leído en un
artículo periodístico, se vio flotar a
raíz de las inundaciones uno de aquellos
morbosos seres de rasgos semejantes a cangrejos.
Poco a poco, el paisaje se fue haciendo más abrupto y desolado en torno
nuestro. Arcaicos puentes cubiertos resistían temerosamente el paso de los años
en las cavidades montañosas y la medio abandonada vía del ferrocarril que discurría a lo largo del río parecía.
exhalar un aire de desolación difusamente visible. Podían verse, en todo su
esplendor, inmensas extensiones del valle con grandes despeñaderos, y el
granito virgen de Nueva Inglaterra tenía
un aspecto gris y austero por entre la vegetación que trepaba hasta las cuestas
montañosas. Había gargantas por 1as que brincaban aguas bravías, vertiendo en
el río los inimaginables
secretos de millares de cumbres sin hollar. De vez en cuando se bifurcaban estrechas y
semiocultas carreteras que se abrían paso a través de macizas y frondosas masas
de bosques, entre cuyos ancestrales
árboles podrían muy bien estar al acecho ejércitos enteros de espíritus
elementales. Al contemplar aquel insólito paisaje, me vino a la memoria el
acoso a que se veía sometido Akeley
por seres invisibles cuando viajaba por aquella misma carretera, y no me
extrañó lo más mínimo que tales cosas
pudieran acaecerle.
El pintoresco y precioso pueblo de Newfane, al que llegamos en menos de
una hora, fue nuestro último contacto con el mundo que el hombre puede llamar
decididamente suyo por derecho de conquista y posterior ocupación. Tras
atravesarlo abandonamos toda relación con lo inmediato, tangible y temporal, y nos adentramos en un
fantástico mundo de sosegada irrealidad por el que la angosta y serpenteante
carretera subía, bajaba y se retorcía, con un casi consciente e intencional
capricho, por entre las desoladas cumbres cubiertas de una verde pátina y los
casi despoblados valles. Con la única excepción del ruido del coche y algún que
otro leve murmullo en las escasas granjas por las que pasábamos muy de vez en
cuando, el único sonido que llegaba a mis oídos era el incesante gorgoteo y
discurrir de misteriosas aguas que brotaban de innumerables manantiales ocultos
en los sombríos bosques.
La inmediatez de las achatadas y majestuosas montañas resultaba ahora
un espectáculo verdaderamente impresio- nante. La pendiente y lo escarpado de
aquellos picos era aún mucho mayor de lo que me había imaginado, y no parecían
tener nada en común con el mundo prosaico y objetivo que conocemos. Los
frondosos y no hollados bosques que cubrían
aquellas inaccesibles laderas parecían ocultar misteriosos e increíbles
secretos, y hasta llegué a creer que el perfil mismo de las montañas tenía un
significado extraño que el paso del
tiempo hubiera relegado al olvido, como si se tratara de imponentes
jeroglíficos legados por una supuesta raza de titanes cuyas hazañas sólo se
conservan en raros y profundos sueños. Aquella atmósfera de tensión y amenaza
inminente se vio reforzada por todas las leyendas del pasado y
todas las asombrosas revelaciones contenidas en las cartas y fotografías de Henry Akeley que mi memoria
avivó. El objeto de mi visita y las tenebrosas anomalías que pre- suponía, se
me hicieron de repente presentes causándome un estremecimiento que casi apagó
mi ardor por ahondar en las profundidades de lo arcano.
Mi guía debió advertir mi inquietud, pues a medida que la carretera era
más irregular y discurría por parajes más abruptos,
haciendo nuestra marcha más lenta y más traqueteante,
sus ocasionales observaciones de cumplido adquirieron una continuidad, hasta
constituir un discurso fluido. Se puso a hablar de la singular belleza y
hechizo de la comarca, al tiempo que demostraba no ser ajeno a los estudios sobre el folklore de mi
anfitrión. Por las preguntas que con sumo tacto me hacía era evidente que
conocía la finalidad científica de mi viaje y sabía que traía información de
cierta importancia, pero no dio muestras de saber apreciar el extraordinario
grado de profundidad a que habían llegado las investigaciones de Akeley.
Sus modales eran tan agradables, normales y educados, que sus observaciones deberían haberme
tranquilizado y devuelto la confianza; pero, extrañamente, su efecto era justo
el contrario: mi inquietud iba en aumento a medida que sorteábamos curvas y
traqueteábamos por aquellas carreteras para adentramos en desolados parajes en
que todo eran montañas y bosques. A
veces daba la impresión de que mi acompañante
intentaba tirarme de la lengua para ver
qué sabía de los espeluznantes secretos que encerraba aquel lugar, y cuanto más hablaba mayor era aquella
vaga, molesta y desconcertante familiaridad
que encontraba en su voz. No se -trataba de una familiaridad que pudiera
calificarse de normal o agradable, a pesar del tono tan prudente y educado de
su voz. De alguna - manera, la relacionaba con pesadillas ya olvidadas, y tenía
la impresión de que si la identificaba me volverla loco. De haber contado con
un buen pretexto, creo que habría renunciado a seguir adelante. Pero tal como estaban
las cosas no podía hacerlo.., y pensé que una
con-
versación fría y científica con el propio Akeley nada más llegar me
ayudaría mucho a calmar mis nervios. -
Además, había un elemento extrañamente tranquilizador, de belleza
propiamente cósmica, en aquel hipnótico paisaje por el que subíamos y bajábamos
como en sueños. La noción del tiempo se había perdido en los laberintos que
quedaban atrás, y en derredor sólo se divisaban las florecientes olas de lo feérico y el renacido encanto de siglos
ya pasados: las venerables arboledas, los inmaculados pastos cercados de festivos capullos otoñales y, a grandes
intervalos, las pequeñas granjas de
color marrón cobijadas entre grandes árboles bajo precipicios verticales
cubiertos de fragantes brezos y tupidas hierbas. Hasta la misma luz del sol
tenía un supremo encanto, como si una atmósfera o exhalación especial cubriese
la comarca entera. Jamás había visto nada parecido, excepto en los paisajes
mágicos que en ocasiones constituyen el trasfondo de los primitivos italianos.
Sodoma y Leonardo concibieron tales
espacios, pero sólo a distancia y a través de las bóvedas de las arcadas
renacentistas. Ahora, en cambio, nos
hallábamos inmersos en carne y hueso en el centro del cuadro, y en medio de
aquella negromancia me pareció ver
algo que había heredado o conocía de forma innata y que siempre había buscado
en vano.
De pronto, tras salir de una pronunciada curva en lo alto de una - empinada pendiente, el coche se
detuvo. A mi izquierda, en medio de un césped bien cuidado que se extendía hasta la carretera y lucía un
cerco de piedras encaladas, se levantaba una blanca casa de dos pisos más buhardilla, de unas dimensiones y
esbeltez nada comunes en la comarca,
con una serie de cobertizos y heniles contiguos o unidos por arcadas, y un
molino de viento en la parte posterior, a la derecha. La reconocí al instante
gracias a la fotografía que recibí en
su día, y no me extrañó nada ver el nombre de Henry Akeley en el buzón de
hierro galvanizado que había a orillas de la carretera. En la parte trasera de la casa, y a una cierta distancia, se
extendía una franja llana de terreno pantanoso y con escasa vegetación arbórea,
detrás del cual se erguía una ladera,
muy boscosa y con una
pronunciada pendiente, que culminaba en una frondosa cresta en forma de
diente. Posteriormente me enteré de que aquella era la cima de Dark Mountain,
de la cual debíamos encontrarnos a medio camino.
Tras apearse del coche y coger mi maleta, Noyes me rogó que aguardase mientras iba a notificarle a
Akeley mi llegada. El, añadió, tenía algo importante que hacer en otra parte y
no podía detenerse más que un momento. Mientras Noyes avanzaba a paso ligero
por el sendero que llevaba a la casa, bajé del coche pues quería estirar un
momento las piernas antes de disponerme para la sedentaria y larga conversación
que me esperaba. Mi nerviosismo y tensión habían vuelto a dispararse, ahora que
me encontraba en el escenario de los espeluznantes acosos que tan repetidas
veces describió Akeley en sus cartas, y honradamente confieso que temblé
de pensar en las conversaciones que íbamos a mantener y que iban a ponerme en contacto con
aquellos extraños y prohibidos mundos.
La proximidad de lo extraordinario es con frecuencia más terrorífica
que estimulante y no me reconfortó lo más mínimo pensar que aquel pequeño
trecho de polvoriento camino era el
lugar donde se habían encontrado aquellas monstruosas huellas y aquella fétida
sustancia verde tras varias noches sin luna en que el temor y la muerte
impusieron su ley. Advertí de pasada que ningún perro de Akeley había subido a
nuestro encuentro. ¿Los habría vendido en cuanto los Exteriores hicieron las
paces con él? Por más que lo intentaba, no podía
albergar la misma confianza en la sinceridad de aquella paz que
intentaba transmitirme Akeley en su última y sorprendente carta. Después de
todo, Akeley era un hombre de una extraordinaria sencillez y con escasa, por no
decir nula, experiencia mundana. ¿No habría quizás alguna profunda y siniestra segunda intención bajo la superficie
de aquella nueva alianza?
Llevado por mis pensamientos, mis ojos se dirigieron hacia la
polvorienta superficie del camino en la que se habían recogido tan horribles
testimonios. No habla llovido los últimos días, y huellas de toda suerte se amontonaban en los
surcos del irregular camino a pesar de la naturaleza poco frecuentada de la comarca. Con una
vaga curiosidad, empecé a
reconstruir el perfil de las heterogéneas impresiones que experimentaba,
tratando de contener al tiempo las macabras fantasías que el lugar y sus
recuerdos sugerían. Había algo de amenazador y desapacible en aquella fúnebre
quietud, en aquel apagado y tenue
rumor de lejanos arroyos y en aquella infinidad de cimas verdes y precipicios
de tupido arbolado que obstruían la visión del
horizonte.
Y en ese momento una imagen penetró en mi conciencia haciendo que aquellas vagas amenazas y fantasías
parecieran leves e insignificantes. Como he dicho, estaba examinando las heterogéneas huellas que había en el
camino con una especie de indolente curiosidad, pero de repente aquella
curiosidad se desvaneció sorprendente mente ante un repentino y paralizador
acceso de terror activo. Pues aunque las huellas que se veían en el polvo eran
en general confusas y estaban unas
encima de otras, y no parecía que mereciera detener la atención en ellas, mis
inquietos ojos habían captado ciertos
detalles en las proximidades del lugar donde el sendero que conducía a la casa se juntaba con la
carretera, y había reconocido, a sabiendas de que no podía equivocarme, el espantoso significado que
encerraban aquellos detalles. De algo me valía a la postre haber pasado horas
enteras examinando las fotografías kodak que Akeley me envió de las huellas en
forma de zarpa de los Exteriores. Demasiado bien conocía las huellas de
aquellas horribles pinzas, y aquella apariencia de ambigiiedad en la dirección
que evocaba horrores que ninguna otra criatura sobre la tierra podría suscitar.
No había siquiera la menor posibilidad
de que hubiese incurrido en un desgraciado error. Delante de mí, en forma obetiva
y seguramente dejadas no hacia muchas horas, había al menos tres huellas que
destacaban ominosamente entre la sorprendente plétora de borrosas pisadas que
iban venían de la granja de Akeley. ¡Eran
las endemoniada huellas de los hongos vivientes de Yuggoth!
Me contuve a tiempo de evitar que saliera un grito de mi garganta.
Después de todo, ¿que había allí que no esperase
encontrar, en el supuesto de que hubiese creído realmente lo que Akeley
decía en sus cartas? Ultimamente hablaba de hacer la
paz con aquellos seres. ¿Qué de extraño había, pues, en que alguno fuera a visitarle? Pero el terror era más
fuerte que cualquier intento por devolverme la confianza. ¿Cabe esperar de un hombre que permanezca
impasible cuando ve por vez primera
las huellas de unos seres animados procedentes de los abismos exteriores del
espacio? En aquel preciso instante vi a Noyes que salía de- la casa y se
dirigía hacia mí con paso rápido. Me dije a mí mismo que debía controlarme,
pues lo más probable era que tan cordial amigo no supiera nada de las
asombrosas y trascendentales investigaciones de Akeley en el mundo de lo prohibido.
Akeley, Noyes se apresuró a comunicarme, se alegraba de mi llegada y
quería yerme, aunque el ataque de asma que acababa de sufrir le imposibilitaría
ser el anfitrión que hubiese deseado por
espacio de uno o dos días. Aquellos ataques le afectaban mucho cuando le
sobrevenían, y siempre iban acompañados de una fiebre que le dejaba postrado en
cama y con una debilidad general. Apenas podía hacer nada mientras se
encontraba en tal estado: sólo podía hablar en voz muy baja, y se encontraba
muy torpe y débil para intentar moverse. Además, se le hinchaban los pies y los
tobillos, hasta el punto de tener que vendárselos como si fuera un gotoso y
grueso anciano. Aquel día se encontraba en bastante mal estado, por lo que me
vería obligado a arreglármelas de momento como pudiera, si bien ardía en deseos
de conversar conmigo. Le encontraría en su estudio, justo a la izquierda del vestíbulo; era la habitación
con las cortinas echadas. Los ojos de Akeley eran muy sensibles y no podían
soportar la luz del sol cuando estaba enfermo.
Al tiempo que Noyes se despedía de mí y se alejaba en su coche en
dirección norte, comencé a andar con paso lento
hacia la casa. La puerta estaba entreabierta para que yo pudiera pasar, pero antes de seguir
adelante y entrar lancé una
escrutadora mirada a mi alrededor, tratado de averiguar el por qué de la indescifrable y extraña
sensación que experimentaba. Los cobertizos y heniles tenían un aspecto de
lo más normal, y en uno amplio y desguarnecido pude ver el baqueteado Ford de Akeley. De repente,
comprendí el secreto que se ocultaba tras aquella extraña sensación. Era el absoluto silencio que reinaba. Por lo
general, en toda granja se oye cuando menos algún que otro ligero ruido
producido por el ganado, pero en ésta no se percibía el menor signo de vida.
¿Dónde estaban las gallinas y los cerdos? Las vacas, de las que Akeley había dicho
tener varias, podían encontrarse en los pastos, y los perros podían haber sido
vendidos, pero la ausencia total de
cloqueos y gruñidos resultaba ciertamente extraña.
Apenas me detuve en el sendero. Abrí resueltamente la puerta de la casa y la cerré detrás de mí.
Confieso que me costó un gran esfuerzo mental hacerlo, y una vez dentro me
invadió un instantáneo deseo de salir precipitadamente de allí. Y rio es que el lugar tuviese un
aspecto siniestro a primera vista; muy al contrario, encontré sumamente atractivo y de buen gusto el encantador
vestíbulo de finales del período colonial, y admiré el evidente buen gusto del hombre que lo había amueblado. Lo que
me hacía desear alejarme de allí era algo muy enrarecido e indefinible. Quizá
cierto extraño olor que creí percibir... aunque sé perfectamente hasta qué
punto son normales los olores a humedad en las antiguas granjas, incluso en las mejores.
VII
Negándome a dejar que aquellas lóbregas sensaciones se apoderasen de
mí, recordé las instrucciones de Noyes y abrí
la blanca puerta de seis paneles con picaportes de bronce que había a mi
izquierda. La habitación a la que daba estaba en
penumbra tal como se me había indicado, y al entrar en ella advertí que
el extraño olor era más intenso allí. Además, parecía como si flotara en el
ambiente un leve y un tanto irreal ritmo o vibración. Por unos
instantes, y debido a que
las persianas estaban echadas, apenas pude ver nada, pero luego una
tosecilla o murmullo amortiguado atrajo mi atención hacia un butac6n situado en
el ángu1o más alejado y oscuro de la
habitaci6n. En aquel lóbrego rincón pude ver la borrosa imagen blanquecina de
la cara y manos de un hombre, y al
instante me acerqué a saludar a aquella figura
que trataba de hablarme. Aun cuando la luz era tenue, pude advertir que
se trataba de mi anfitrión. Había examinado repetidas veces la fotografía, y no
me cabía la menor duda acerca de la identidad de aquel robusto y curtido rostro
de barba recortada y entrecana.
Pero al volver a mirar y reconocer a Akeley se apoderó de mi una
sensación de tristeza y angustia, pues tenía todo el semblante de las personas
muy enfermas. Sin duda, debía haber
algo más que asma detrás de aquella rígida e inmóvil expresión, que reflejaba
agotamiento, y de aquella impertérrita y vidriosa mirada. Me di
perfecta cuenta de hasta qué punto
le había afectado la tensión de sus tenebrosas experiencias. ¿Acaso no bastaban
para destrozar la vida de cualquier
ser humano, incluso de hombres más jóvenes que este intrépido explorador de
mundos prohibidos? El extraño y repentino alivio, me temí, debió llegarle
demasiado tarde como para librarle
de aquella suerte de crisis total en que se hallaba sumido. Había algo digno de
compasión en la forma fláccida e inerte de aquellas esqueléticas manos
postradas sobre el regazo. Akeley llevaba encima un amplio batín, y se cubría
la cabeza y la parte superior del cuello con
una bufanda o caperuza de
color amarillo vivo.
Y luego vi que trataba de hablar en el mismo tono susurrante y
entrecortado con que me había recibido. Era un susurro difícil de captar al
principio, pues el bigote entrecano hacía imposible ver los movimientos de sus
labios, y al mismo tiempo había algo en el timbre de su voz que no me agradaba
en absoluto; pero, concentrando la atención, pronto pude entender sorprendentemente bien lo que intentaba decirme. El acento distaba mucho de ser el de
un hombre del campo, y su expresión era incluso más refinada de la que cabía esperar
- por la
correspondencia mantenida.
«Mr. Wilmarth, supongo? Disculpe que no me levante Me encuentro muy
mal, como sabrá por Mr. Noyes, pero ello no era óbice para que usted viniera.
¿Recuerda lo que le dije en la última carta? ¡Tengo tantísimas cosas que
decirle mañana cuando me encuentre mejor! No puede imaginarse cuánto me alegro
de verle en persona, después de todas las cartas que nos hemos cruzado.
Supongo que -habrá traído toda la correspondencia ¿no? ¿Y las fotografías
kodak y
grabaciones? Noyes dejó su maleta en el vestíbulo.., espero que la viera
allí. Pues esta noche me temo que tendrá que arreglárselas por sí mismo. Su
habitación está en el piso de arriba
es justo la que hay encima de ésta— y al final de la escalera verá el cuarto de
baño con la puerta abierta. En el comedor — saliendo de este cuarto a la
derecha— hay una comida esperándole
cuando usted guste. Mañana haré mejor las veces de anfitrión, pero ahora no
puedo hacer nada a causa de esta
dolencia que sufro.
«Siéntase como si estuviera en su casa... Lo mejor será que saque las cartas, fotografías y
grabaciones y las ponga encima de la
mesa antes de subir el equipaje a su habitación. Aquí hablaremos de todo ello…
en aquel estante del rincón puede
ver un fonógrafo.
«No, gracias... no puede ayudarme. Estoy acostumbrado desde hace
mucho a estos ataques. Baje a yerme un momento antes de que anochezca, y luego
vaya a acostarse cuando guste. Yo me
quedaré donde estoy... quizá pase aquí
la noche, como suelo hacer con frecuencia. Por la mañana me sentiré con
muchas más fuerzas para hablar de las cosas que
debemos tratar. Espero que se dé perfecta cuenta de la naturaleza increíblemente
fascinante de todo este asunto. Ante
nosotros, como ha sucedido con muy pocos más
hombres sobre la tierra, se abrirán inmensas simas de tiempo, espacio y
conocimientos que sobrepasan cualquier límite de la ciencia y filosofía humanas.
«¿Sabía que Einstein está equivocado, y que ciertas fuerzas y objetos
pueden moverse a una velocidad superior a la de la luz? Con la ayuda debida,
espero retroceder- y avanzar en el tiempo, y ver y sentir la tierra en
el pasado remoto y en
futuras épocas. No puede imaginarse el nivel científico que han
alcanzado estos seres. No hay nada que no puedan hacer con la mente y el cuerpo
de los organismos vivos. Espero visitar otros planetas, e incluso otras
estrellas y galaxias. El primer viaje será a Yuggoth, el planeta más cercano en
que habitan los seres. Es una extraña y oscura esfera en el límite mismo de
nuestro sistema solar, aún desconocido para los as- trónomos de la Tierra.
Pero... creo que ya le he dicho algo anteriormente al respecto. En el momento
oportuno, los seres nos enviarán corrientes mentales, gracias a las cuales
podremos descubrir Yuggoth... si bien es posible también que uno de sus aliados
humanos dé una pista a los científicos.
«En Yuggoth hay inmensas ciudades... interminables hileras de torres
construidas en terrazas de piedra negra, como la muestra que traté de enviarle.
Procedía de Yuggoth. La luz del sol no
es más fuerte que la de una estrella, pero los seres no precisan luz. Poseen
otros sentidos más sutiles, y en sus mansiones y templos no hay ventanas. La
luz incluso les hiere, molesta y entorpece sus movimientos, pues no existe la
menor traza de ella en el oscuro cosmos allende el tiempo y el espacio del que son originarios. Bastaría
una visita a Yuggoth para volver loco a un hombre débil... pero yo voy a ir
allá. Los ríos negros de alquitrán que discurren bajo esos misteriosos puentes
ciclópeos —obra de una antigua raza extinguida y olvidada antes de que
los seres llegaran a Yuggoth
procedentes de los últimos vacíos—, debieran bastar para hacer un Dante o
un Poe de cualquier hombre.., si conserva el juicio el tiempo suficiente para
contar lo que ha visto.
«Pero recuerde: no hay nada de terrible en ese oscuro mundo de jardines
fungiformes y ciudades sin ventanas... aunque así nos lo parezca a nosotros.
Probablemente nuestro mundo les pareció igual de terrible a los seres cuando lo
exploraron por vez primera en épocas remotas. Como sabe, ya estaban aquí mucho
antes de que llegara a su fin el fabuloso período de Cthulhu, y recuerdan lo
que le. sucedió al sumergido R’lyeh cuando surgió de entre las aguas. Han
estado en el interior de la tierra — hay hendiduras de las que nada saben los
seres
humanos..., algunas de ellas bajo estas mismas montañas de Vermont-— y
en los grandes mundos de misteriosa vida que hay bajo nosotros: el azulado
K’u-yan, el rojizo Yoth y el negro y tenebroso N’kai. De N’kai vino el terrible
Tsathoggua... ya sabe, la amorfa y repelente deidad que se menciona en los Pnakotic manuscripts, en el Necronomicón y en el ciclo mitológico de
Commoriom conservado por Klarkash-Ton, sumo sacerdote de los atlantes.
«Pero ya tendremos tiempo de hablar de todo esto. Deben ser ya las cuatro o las cinco. Será mejor
que saque las cosas de su equipaje, coma
algo y regrese luego para que hablemos
con más calma».
Muy lentamente di la vuelta y empecé a obedecer a mi anfitrión: cogí la
maleta, saqué los objetos que precisaba y
los puse encima de la mesa, y, finalmente, subí a la habitación que me habían asignado. Con el
recuerdo presente de aquella huella reciente a orillas de la carretera, las
palabras musitadas por Akeley dejaron en mí una extraña sensación, y las
insinuaciones de familiaridad con aquel mundo de vida Lungiforme ——-el prohibido Yuggoth—
me hizo estremecer más de lo que podía imaginar. Me preocupaba
muchísimo la enfermedad de Akeley, pero debo confesar que su ronco susurro tenía
algo de repugnante a la vez que de digno
de compasión. ¡ Si al menos no hubiera experimentado tan siniestro placer
respecto a Yuggoth y sus tenebrosos secretos!
Mi habitación era muy confortable y estaba bien amueblada, sin el menor
olor a humedad ni molestas vibraciones. Tras dejar la maleta, volví a bajar
para saludar a Akeley y comer lo que me
había preparado. El comedor estaba pasado el estudio, y siguiendo en la misma
dirección pude ver un ala de la cocina. Sobre la mesa del comedor me estaba esperando
un extenso surtido de sandwiches, dulces y quesos; un termo colocado junto a un
platillo y una taza eran buena prueba de que no se había olvidado el café
caliente. Tras un reconfortante refrigerio me serví una buena taza de café,
pero desgraciadamente el café no se encontraba a la altura de la cocina que había degustado. Al primer
sorbo percibí un sabor
desagradablemente acre, así que no tomé más. Durante la comida no pude
dejar de pensar en Akeley sentado en
silencio en el butacón de la oscura habitación
contigua. Una vez fui a rogarle que
compartiera conmigo aquellos alimentos,
pero en voz baja me dijo que aún no podía comer nada. Más tarde, antes de
dormirse, tomaría algo de leche con malta:
lo único que podía ingerir en todo el día.
Después de comer, me puse a limpiar la mesa y lavar los platos en la pila de la cocina.., al
tiempo que vaciaba el café que no había sabido apreciar. Luego, volviendo al
lóbrego estudio acerqué una silla al rincón donde se encontraba mi anfitrión y me dispuse a seguir una
conversación sobre el tema que él quisiera proponer. Las cartas, fotografías y
grabación seguían aún encima de la gran mesa, pero por el momento no las necesitábamos. Al cabo de un rato, había incluso olvidado el extraño olor y
las curiosas sensaciones vibratorias.
Como ya dije antes, había cosas en algunas de las cartas de Akeley —sobre todo en la segunda y más voluminosa—
que no me atrevía a mencionar, ni siquiera a expresar en palabras sobre el
papel. Esta duda se aplica aún con más fuerza a lo que, en un tono susurrante,
oí aquel atardecer en aquella oscura habitación entre las solitarias montañas encantadas. Ni siquiera me
atrevo a insinuar hasta dónde le aban los horrores cósmicos que aquella ronca
voz me ponía al descubierto. Akeley
conocía cosas espeluznantes con anterioridad, pero lo que descubrió desde que
firmó el pacto con los Seres Exteriores sobrepasaba con mucho lo que una mente en su sano juicio puede soportar.
Incluso ahora me resisto en redondo a creer lo que me contó sobre la constitución del infinito elemental, la yuxtaposición de las di- mensiones y la
espantosa situación de nuestro cosmos conocido de espacio y tiempo en la
interminable cadena de cosmos-átomos que configura el
inmediato supercosmos de curvas, ángulos y organización electrónica material y semimaterial.
Jamás estuvo un hombre en sus cabales más peligrosamente cerca de los
arcanos de la sustancia originaria... jamás un
cerebro orgánico estuvo más cerca de la total desintegración en el caos
que trasciende toda forma, fuerza y simetría. Me enteré de dónde vino originariamente Cthulhu, y del motivo
por el que la mitad de las grandes estrellas temporales de la historia habían
seguido resplandeciendo. Intuí —-—-por las veladas
alusiones que incluso hacían interrumpirse temerosamente a mi interlocutor——— el
secreto existente tras las Nubes
Magallánicas y las nebulosas globulares, y la siniestra verdad que ocultaba la
inmemorial alegoría del Tao. La naturaleza de los Doels me fue expuesta
claramente, y se me informó de la esencia (aunque no del origen) de los
Sabuesos de Tindalos. La leyenda de Yig, Padre de las Serpientes, dejó de ser
para mí algo figurado, y experimenté una cierta aversión cuando se me puso al
corriente del horripilante caos
nuclear existente allende el espacio angular
que el Necronomicón había
benignamente encubierto bajo el nombre de Azathoth. Resultaba sorprendente
desentrañar las más espeluznantes pesadillas de los secretos mitos en términos
concretos, cuya desnuda y morbosa malevolencia sobrepasaba las más atrevidas
insinuaciones de la mística antigua y medieval. Llegué a la inevitable conclusión
de que los primeros que hicieron alusión a tan execrables historias debían
estar en contacto con los Exteriores de
Akeley, y hasta era posible que
hubiesen visitado algún reino cósmico exterior, tal como Akeley se proponía hacer.
Se me habló de la Piedra Negra y de lo que significaba, y me alegré
sinceramente de que no
hubiera llegado a mis manos.
¡Mis elucubraciones acerca de aquellos jeroglíficos se confirmaron en
su totalidad! No obstante, Akeley parecía haberse reconciliado con todo aquel
diabólico sistema contra el que tan
arduamente había combatido.., reconciliado
a la vez que decidido a proseguir sus investigaciones en aquellas
abismales simas. Me pregunté con qué seres habría hablado desde la última carta
que me escribió, y si serían tan humanos como aquel primer emisario que
mencionó. La tensión a que me veía sometido llegó a hacerse insoportable, y
elaboré toda clase de absurdas
teorías sobre aquel
extraño y persistente
olor y aquellas sensaciones vibratorias de la lóbrega estancia que no
me abandonaban.
Empezaba a oscurecer, y al recordar lo que Akeley me dijo sobre
aquellas primeras noches me estremecí sólo de pensar que no habría luna.
Además, no me gustaba nada el emplazamiento
de la granja al socaire de aquella imponente y frondosa ladera que conducía a
la no hollada cima de Dark Mountain. Con permiso de Akeley, encendí una
lamparilla de petróleo, bajé la me-cha y la coloqué sobre una estantería algo alejada junto al espectral
busto de Milton. Al cabo de un rato lo lamenté pues daba al terso e inmóvil
rostro y manos inertes de mi anfitrión una horrible apariencia, como si de algo
anormal y cadavérico se tratara. Daba la impresión de que no pudiera hacer movimiento alguno, aunque le vi cabecear rígidamente de vez en cuando.
Después de todo lo que me había contado, se me hacia difícil imaginar
qué secretos más arcanos pensaría
guardarme para el día siguiente, pero a la postre me enteré de que hablaríamos de su viaje a Yuggoth y a
otros mundos más lejanos... y de mi posible
participación en el mismo. Debió divertirle el
respingo de sobresalto que di al oír hablar de mi participación
en un viaje cósmico, pues su cabeza se agitó violentamente ante mi expresión de
horror. A continuación, me habló en un tono extremadamente delicado de cómo los
seres humanos pueden efectuar ——cosa que
él ya había hecho en varias ocasiones—, aunque
parezca increíble, vuelos por el espacio interestelar. Por lo visto, el viaje no lo hacia todo el cuerpo humano: los
Exteriores —- gracias a sus
prodigiosos adelantos en los campos de la cirugía, biología, química e ingeniería—-
habían encontrado la forma de que sólo viajara el cerebro humano,
sin su estructura física concomitante.
Los seres se valían de un procedimiento inofensivo para extraer el cerebro y conservar con
vida el resto del organismo durante su ausencia. La desnuda y compacta masa
encefálica se sumergía en un líquido que se cambiaba de vez en cuando y se
alojaba dentro de un cilindro al vacío, hecho de un metal extraído
en las minas de Yuggoth, que estaba conectado
a
través de unos electrodos a una serie de sofisticados instrumentos
capaces de duplicar las tres facultades vitales, a saber, vista, oído y habla.
Para aquellos seres fungiformes y alados no era problema alguno
transportar, sin el menor riesgo, cerebros envasados a través
de los espacios siderales. En cada planeta al que se extienda su civilización
encontrarán un sinfín de instrumentos adaptables que pueden conectarse a los
cerebros así envasados. Así pues, basta con unas mínimas adaptaciones para que
las inteligencias viajeras puedan disfrutar de una vida sensorial y articulada
plena —aunque incorpórea y mecánica—-- en cada etapa de su viajar por
y allende el continuo espacio-tiempo. Era algo tan sencillo como si uno llevara
siempre consigo una grabación y la escuchara allí donde hubiera un fonógrafo en
el que reproduciría. De sus buenos
resultados no cabía la menor duda. Akeley no albergaba ningún temor. ¿Acaso no
se había realizado con éxito en repetidas ocasiones?
Por vez primera, una de las inertes y marchitas manos se alzó y apuntó
rígidamente a un estante alto que había en la pared más alejada de la estancia.
Allí, perfectamente alineados, podían verse más de una docena de cilindros de
un metal que no había visto hasta entonces: cilindros de aproximadamente un pie
de altura y algo menos de diámetro, con tres curiosos enchufes dispuestos en
forma de triángulos isósceles sobre la convexa
superficie de cada uno de ellos. Uno de los cilindros tenía dos de los enchufes
conectados a un par de máquinas de singular apariencia que se divisaban al
fondo. No hizo falta que me
explicaran su finalidad, pues al instante un escalofrío me recorrió todo el
cuerpo. Luego vi que la mano apuntaba a un rincón más próximo en donde podían
verse amontonados varios intrincados instrumentos provistos de cables y enchufes, algunos de los cuales
guardaban un extraordinario parecido con los dos dispositivos que había detrás
de los cilindros.
«Aquí hay cuatro clases de instrumentos, Wilmarth», susurró la voz. «Cuatro clases, a tres
facultades cada una, hacen un total de doce piezas. En esos cilindros que se
ven ahí se hallan representadas cuatro clases distintas de seres. Tres
hombres, seis seres fungiformes que no pueden navegar corporalmente por
el espacio, dos seres de Neptuno (¡Dios mío! ¡Si pudiera ver usted el cuerpo
que tienen en su planeta...!), y, el resto, entes procedentes de las cavernas
centrales de una estrella sin brillo y particularmente interesante situada
allende los confines de la galaxia. En el puesto
principal de observación, en el interior de Round Hill, no es difícil ver
desperdigados más cilindros y máquinas: cilindros de cerebros extra-cósmicos
con otros sentidos de los que conocemos ——que
hacen de aliados y exploradores del Exterior más remoto—-—, y máquinas
especiales que les transmiten impresiones y les facultan la expresión del modo
más conveniente para ellos y para su comprensión por parte de los diversos
tipos de oyentes. Round Hill, al igual que casi todos los puestos de
observación importantes que tienen los seres en los diferentes universos, es un
lugar muy
cosmopolita. Naturalmente, a mí sólo me han
cedido, los tipos más corrientes para mis experimentos.
«Mire... coja las tres máquinas que le señalo y póngalas encima de la
mesa. Aquella más alta con las dos lentes de cristal en la cara anterior..,
luego la caja con los tubos en vacío y la caja de resonancia... y, por último,
la que tiene el disco metálico encima. Ahora, coja el cilindro
que lleva pegada la etiqueta ‘B-67’. Súbase
a esa silla
estilo Windsor para alcanzarlo. ¿Pesado? Vamos, ¡ un
esfuerzo! Compruebe el número: B-67. No toque el cilindro nuevo y
resplandeciente conectado a los dos instrumentos de ensayo... el que lleva mi
nombre. Coloque el B-67 sobre la mesa donde ha puesto las máquinas.., y con
pruebe que los interruptores de las tres máquinas están girados todo lo que dan
de sí a la izquierda.
«Ahora, conecte el cable de la máquina con las lentes al enchufe
superior del cilindro... ¡ Eso es! Conecte la máquina con los tubos al enchufe
inferior izquierdo, y el aparato con el
disco al otro enchufe. Ahora gire todo lo que pueda a la derecha los interruptores
de las máquinas.., primero la de las lentes, luego
la del disco,
y, por último,
la de los tubos.
¡Perfecto!
Le adelanto que se trata de un ser humano... igual
que cualquiera de nosotros. Mañana podrá oír alguno de los otros».
Aún hoy no sé por qué obedecí tan servilmente aquella susurrante voz,
ni si se me pasó por la cabeza preguntarme si Akeley estaría loco o cuerdo.
Después de todo lo que había pasado, nada podía extrañarme. Pero aquellos
artilugios se asemejaban tanto a las extravagantes creaciones propias de
inventores y científicos chiflados, que hicieron vibrar en mi una cuerda de
duda que ni siquiera la anterior disertación había pulsado. Lo que aquel ser
que tenía ante mi quería dar a entender traspasaba los limites de la
credulidad humana, pero ¿acaso no eran las otras cosas aún más absurdas, y si
resultaban menos descabelladas ello se debía únicamente a la imposibilidad de
recurrir a toda prueba tangible y concreta? Mientras mi cerebro no cesaba de
dar vueltas en medio de aquel maremagnum, llegó a mis oídos un estridente
chirrido procedente de las tres máquinas conectadas al cilindro, un chirrido
que pronto remitió hasta acabar prácticamente en un silencio total. ¿Qué ocurriría? ¿Iba a escuchar una voz? Y, en
tal caso, ¿qué pruebas había de que no se trataba de un dispositivo de radio
ingeniosamente ideado a través del cual hablaba un oculto locutor que nos
observaba de cerca? Incluso hoy no me atrevería a jurar lo que oi o,
simplemente, qué es lo que realmente sucedió en mi presencia. Pero lo que es seguro es que algo acaeció allí.
Por decirlo en breves y sencillas palabras: la máquina con los tubos y
la caja sonora se puso a hablar, de modo tal que no cabía la menor duda de que
el locutor se encontraba efectivamente allí y nos observaba. Era una voz recia,
metálica, inexpresiva y totalmente mecánica. Carecía de toda modulación o
expresividad, pero traqueteaba y chirriaba con una precisión y deliberación
implacables.
«Mr. Wilmarth», dijo la voz, «espero no asustarle. Soy un ser humano igual que usted, aunque mi
cuerpo se encuentra ahora descansando y
a buen recaudo, sometido a un eficaz tratamiento vitalizador, en Round Hill, a
milla y media en dirección este de aquí. Estoy con usted: mi cerebro está en el interior de ese cilindro, y veo, oigo y
hablo a través de esos
vibradores electrónicos. Dentro de una semana voy a atravesar
el vacío, al igual que ya he hecho en muchas otras ocasiones, y espero poder
disfrutar de la compañía de Mr. Akeley. Me gustaría también que usted nos
acompañara. Le conozco de vista y de
oídas, y he seguido muy de cerca su correspondencia con nuestro común amigo
Akeley. Soy uno de los hombres que se
han aliado a los seres del exterior que se hallan de visita en nuestro planeta.
Los conocí en el Himalaya, y desde entonces he procurado ayudarles. A cambio, ello me ha permitido vivir
experiencias que pocos hombres han podido disfrutar.
« ¿ Se da usted cuenta de lo que significa cuando digo que he estado en
treinta y siete diferentes cuerpos celestes
——planetas, estrellas
apagadas y otros objetos menos definibles—
ocho de los cuales no pertenecen a nuestra galaxia y dos se hallan fuera del
cosmos circular de espacio y tiempo? ¡Y no he sufrido el menor daño! Me han
extraído el cerebro del cuerpo por medio de unas fisuras ejecutadas con tal destreza que sería tosco calificar
de operación quirúrgica. Los seres que nos visitan disponen de métodos que
hacen estas extracciones sencillas y casi podría decirse que algo habitual, y -
el cuerpo no envejece cuando el cerebro se desprende
de él. El cerebro, debo añadir, es prácticamente inmortal conservando sus
facultades mecánicas y bastándole con una limitada dosis alimenticia que
se administra mediante cambios
intermitentes del liquido protector.
«En suma, deseo de todo corazón que se decida y nos acompañe a Mr. Akeley
y a mí. Los seres que nos visitan están muy interesados en conocer a hombres
cultos como usted para hablarles de los grandes abismos que la mayoría de nosotros hemos imaginado en nuestra supina
ignorancia. Puede que al principio le parezcan extraños, pero estoy seguro de que esa impresión se le pasará
enseguida. Creo que también vendrá Mr. Noyes... el hombre que debió traerle
hasta aquí en automóvil. Desde hace años es uno de los nuestros: supongo que
habrá reconocido su voz, pues es una de las que se oyen en la grabación que le
envió Mr. Akeley».
Ante mi violento sobresalto, el locutor tomó un respiro un momento
antes de finalizar.
«Así pues, Mr. Wilmarth, a usted le toca decidir. Permítame únicamente
añadirle que un hombre con su extraordinaria afición por los temas de lo
desconocido y el folklore no debiera jamás perder la oportunidad que ahora se
le brinda. No hay nada que temer. Todas las transiciones son sin dolor, y hay
mucho de qué disfrutar en un estado de sensación totalmente mecanizado. Cuando
se desconectan los electrodos, uno queda simplemente sumido en un estado de
sopor y le invaden sueños de singular intensidad y fantasía.
«Y ahora, si le parece bien, podemos levantar la sesión hasta mañana.
Buenas noches... Haga girar todos los interruptores hacia la izquierda, hasta
dejarlos donde estaban; da lo mismo el
orden en que lo haga, aunque puede dejar para el final la máquina de las
lentes. Buenas noches, Mr. Akeley. ¡Trate bien a nuestro huésped! ¿ Listo para
cerrar los interruptores?».
Eso fue todo. Obedecí mecánicamente y cerré los tres interruptores, aunque no salía de mi estupor ante lo que acababa de presenciar. La cabeza me
seguía dando vueltas al tiempo que oía la susurrante voz de Akeley diciendo que
dejara tal como estaba todo el instrumental que había encima de la mesa. No
hizo ningún comentario al respecto, aunque poco hubiera importado porque tenía
embotadas mis facultades mentales. Le
oí decirme que podía llevarme la lámpara
a mi habitación, de lo que deduje que deseaba quedarse solo a oscuras. Sin
duda, quería descansar, pues su disertación a lo largo de la tarde habría
bastado para agotar a hombres incluso mejor dotados físicamente. Aun sin salir de mi aturdimiento, di las buenas noches a
mi anfitrión y subí a mi habitación
con la lámpara, aunque llevaba conmigo una excelente linterna.
Me alegré de salir de aquel estudio con tan extraño olor e indefinidas
sensaciones vibratorias, pero no logré evitar una estremecedora sensación de
temor, amenaza y anomalía cósmica al pensar en el lugar en que me encontraba.
Aquella desolada y despoblada comarca, aquella sombría y
misteriosamente frondosa ladera montañosa que se erguía justo detrás de
la casa, aquellas huellas del camino, aquel susurrador enfermizo e inmóvil en
la penumbra, aquellos infernales cilindros y máquinas, y, por encima de todo,
aquella invitación a participar en la increíble operación quirúrgica y en los
aún más increíbles viajes.., todo ello, tan nuevo y en tan rápida sucesión, se
vino de tal modo encima de mí que me
arrebató mi voluntad y casi me dejó sin recursos físicos.
El descubrimiento de que mi guía Noyes era el celebrante humano de
aquel monstruoso aquelarre recogido en la grabación
fonográfica me produjo una tremenda impresión; aunque ya había creído percibir
una lóbrega y repulsiva familiaridad en su voz. Otra impresión digna de reseñar
era la que me producía mi actitud hacia mi
anfitrión siempre que me detenía a analizarla; por más que hasta
entonces había experimentado una instintiva atracción hacia Akeley, como se desprendía de la correspondencia que
habíamos cruzado, ahora descubría que me inspiraba una marcada aversión. Su
enfermedad debería haber despertado un sentimiento de compasión en mí, pero,
por el contrario, me producía una especie de escalofrío. Tenía un semblante tan
rígido, inerte y cadavérico... ¡ Y aquel incesante susurro resultaba tan insoportable e inhumano!
Aquel susurro me pareció completamente distinto de cualquier otro hasta
entonces oído. A pesar de la curiosa inmovilidad de los labios del orador,
cubiertos por un poblado bigote, tenía
una indudable fuerza y poder de atracción, más digno aún de destacar si se
tiene en cuenta que se trataba de un asmático. Logré entender perfectamente lo
que decía desde el otro extremo de la habitación, y una o dos veces me pareció
que los débiles pero penetrantes sonidos no significaban tanto debilidad como
deliberada contención.., las razones
de lo cual francamente ignoraba. Desde el primer momento percibí algo que no me
gustaba nada en el timbre de su voz.
Ahora, al pasar revista a todo lo que me había llevado hasta allí, creí poder
identificar tal impresión con una especie de familiaridad inconsciente como la siniestra sensa-
ción que sentí al oír por vez primera la siniestra voz de Noyes.
Pero no sabría decir cuándo o dónde me había
tropezado con lo que me traía a la memoria.
Una cosa era cierta: no pasaría una sola noche más en aquel lugar. Mi
fervor científico se había disipado por completo entre el miedo y una cierta
sensación de repugnancia, y lo único que deseaba era salir cuanto antes de
aquel antro de morbosidad y monstruosas revelaciones. Ya sabia lo suficiente.
Sin duda, debía ser cierto todo aquello de extrañas conexiones cósmicas... pero
era algo en lo que cualquier ser humano normal no tiene por qué meterse.
Me parecía estar rodeado de diabólicas influencias que trataban de
sofocar mis sentidos. No cabía ni plantearse la posibilidad de intentar dormir,
pensé; así que me limité a apagar la
lámpara y, sin desvestirme, me dejé caer sobre la cama. Sin duda era una
precaución absurda, pero estaba listo en caso de que se presentase una
contingencia inesperada: en la mano derecha tenía el revólver que había traído conmigo, y en la izquierda la linterna de bolsillo. Ni
el menor sonido venia de abajo, en donde me imaginaba a mi anfitrión sentado en medio de las tinieblas y con
aquella rigidez cadavérica con que me recibió.
Hasta mí llegó el tic- tac de un reloj de pared, y la normalidad del sonido me produjo una especie
de sosiego. Pero también me recordó otra peculiaridad que me sorprendió mientras viajaba por la comarca: la
total ausencia de vida animal. No había animales domésticos en la granja, y
ahora me percataba de que ni siquiera se oían los habituales ruidos nocturnos
de la fauna silvestre. Salvo por el siniestro rumor de algún que otro lejano
arroyo, aquella quietud resultaba anómala... propia de los espacios
siderales... y me pregunté qué intangible infortunio astral se cernía sobre la comarca. Recordé que en las antiguas
leyendas los perros y otros animales
habían repelido siempre la presencia de los Exteriores,
y pensé en qué podrían significar aquellas huellas que se veían en el camino.
VIII
No me pregunten cuánto duró mi inesperado adormeci- miento, ni lo que de puro sueño hubo en lo que
aconteció después. Si les dijera que me desperté a determinada hora y que pude
oir y ver ciertas cosas insospechadas, ustedes se limitarían a decirme que no
era cierto, que no me había despertado; que todo fue un sueño hasta el momento
en que sa i corriendo de la casa, me
dirigí dando tumbos al cobertizo donde había visto el antiguo Ford y emprendí
una enloquecida carrera sin rumbo fijo
en el veterano vehículo por aquella
hechizada comarca montañosa, hasta llegar —
tras horas de continuo traquetear y sortear curvas por siniestros laberintos cubiertos de bosques—
a un pueblo que resultó ser Townshend.
Tampoco me extrañaría lo más mínimo que pusieran en duda el resto de mi relato, y dijeran que
todas las fotografías, grabaciones, sonidos de máquinas y cilindros y otras
pruebas por el estilo, no eran sino retazos de la superchería de que me hizo
víctima el desaparecido Henry Akeley. Hasta incluso es posible que piensen que
Akeley se puso de acuerdo con otros tipos tan estrafalarios como él para urdir
la absurda y retorcida patraña siguiente; interceptar el paquete echado al
correo en Keene, y hacer grabar a Noyes aquel horripilante cilindro de cera.
Con todo, resulta raro que no se haya identificado aún a Noyes, y que no le
conociera nadie en los pueblos cercanos a la granja de Akeley, aunque, al
parecer, iba con frecuencia por la comarca. Me
gustaría haber retenido en la memoria la matrícula de su coche... quizás haya sido mejor así después de todo.
Pues, a pesar de lo que digan los demás y a pesar de todo lo que a veces trato
de decirme yo, sé positivamente que abominables
influencias del exterior deben encontrarse aún al acecho en aquellas
enigmáticas montañas... y que cuentan con espías y emisarios entre los hombres.
Mantenerme a la mayor distancia posible de tales influencias y emisarios es
todo lo que pido de la vida en adelante.
Cuando el sheriff oyó mi increíble historia, envió un grupo de hombres armados a la granja... pero Akeley
se había ido ya sin dejar el menor
rastro. Su holgado batín, la bufanda amarilla y las vendas para los pies
estaban tirados en el suelo del estudio, cerca del sillón de la esquina, y no pudo
averiguarse si el resto de su ropa se había esfumado con él. Los perros y el ganado hablan
desaparecido también, y en la fachada
de la casa y en alguna de las paredes interiores podían apreciarse extraños agujeros causados
por proyectiles. Pero, por lo demás, no se observaba nada anormal. Ni
cilindros, ni máquinas, ni las pruebas que había traído yo en mi maleta, ni
ningún extraño olor o sensación vibratoria, ni huellas en el camino, ni ninguno
de los objetos que acerté a ver en el último
momento.
Tras
mi precipitada fuga, me quedé una semana en Brattleboro interrogando a todos
cuantos conocían a Akeley. Los resultados de mi investigación me convencieron
de que todo aquello no había sido una invención ni un sueño. Las extrañas
compras de perros, munición y productos químicos que hizo Akeley, así como el
corte del cable telefónico, eran hechos incontestables; y todos los que le
conocían —incluso su hijo de
California— admitían que sus ocasionales referencias a estudios esotéricos
tenían cierta consistencia. En opinión
de los ciudadanos de pro, Akeley estaba loco, y unánimemente sostenían que
todas las pruebas no eran sino meras patrañas ingeniadas con malsana astucia e
inspiradas quizá por algún estrafalario cómplice; pero las gentes senci- llas del campo creían firmemente en
lo que decía. Akeley había enseñado a algunos campesinos las fotografías y la
piedra negra y les había puesto para que la escucharan aquella horrible grabación, y sin excepción alguna encontraban
las huellas y la susurrante voz semejantes a las descritas en las leyendas ancestrales.
Decían, igualmente, que desde que encontró la piedra se habían
advertido visiones y sonidos sospechosos en torno a la casa de Akeley, por eso
todo el mundo evitaba pasar ahora por el lugar, salvo el cartero y
alguna que otra persona no fácilmente impresionable. Tanto Dark Mountain como
Round Hill eran tradicionalmente considerados lugares encantados, y no
logré encontrar a nadie que los hubiera explorado a fondo. A lo largo de la
historia de la comarca había testimonios de desapariciones misteriosas, como la
del semivagabundo Walter Brown, a
quien Akeley mencionaba en sus cartas. Incluso me tropecé con un granjero que
creía haber visto a uno de aquellos extraños cuerpos descender por el desbordado West River cuando las
riadas, pero su testimonio era demasiado contradictorio para tomarlo en consideración.
Cuando me marché de Brattleboro me prometí no volver más a Vermont, y estaba completamente
seguro de que cumpliría mi palabra. Aquellas desoladas montañas eran sin duda
el puesto de observación de una espantosa raza cósmica... y mis dudas perdieron consistencia al leer
que se había localizado un noveno planeta más allá de Neptuno, tal como
aquellos seres habían adelantado. Los astrónomos, con una implacable propiedad
que estaban lejos de sospechar, lo denominaron
«Plutón». Yo estoy convencido de que se trata nada menos que del nocturnal
Yuggoth... y un escalofrío se apodera de mí cuando trato de imaginarme el
verdadero motivo por el que sus monstruosos habitantes deseaban que se
les conociera por tal nombre en aquellos momentos. En vano trato de convencerme
de que estas diabólicas criaturas no están planeando poco a poco realizar actos
contra la seguridad de la tierra y de sus habitantes humanos.
Pero aún tengo que contar el final de aquella espantosa noche en la
granja de Akeley. Como he dicho, finalmente me quedé sumido en un sopor algo
agitado, un sueño lleno de pesadillas
en que vislumbraba monstruosos paisajes. No podría
precisar qué es lo que me despertó, pero sí decir que me desperté llegado a
este punto. Lo primero que oí vagamente fue el amortiguado crujir de la tarima
del rellano junto a mi puerta, y alguien que manipulaba desmañadamente y con sigilo
en el picaporte. Empero, el ruido cesó casi al instante, así que en realidad
mis primeras impresiones fueron unas voces en el estudio situado debajo
de mi cuarto. Los que hablaban eran varios, y me pareció que estaban
enzarzados en una discusión.
Unos segundos después estaba despierto del todo, ya que la naturaleza de aquellas voces era tal que
resultaba absurda toda idea de volver a
conciliar el sueño. El tono de las voces era de lo más variopinto, y nadie que
hubiera escuchado aquella endiablada grabación fonográfica podía albergar la menor duda acerca de al menos dos de
ellas. Por muy horrible que fuese la
idea, comprendí que me encontraba bajo el mismo techo que unos desconocidos
seres procedentes de los espacios abismales, pues aquellas dos voces eran, sin ningún género de duda, los diabólicos
susurros que utilizan los Seres Exteriores cuando se comunican con los hombres.
Las dos voces eran completamente distintas —diferían
en timbre, acento e intensidad— pero ambas se caracterizaban por el
mismo tono estremecedor.
La tercera voz era, sin duda, la de una de aquellas máquinas parlantes
conectadas a uno de los cerebros envasados en los cilindros. Tan convencido
estaba de ello como de los susurros pues
la voz recia, metálica y apagada que había oído la tarde anterior, con sus
chirridos y traqueteo sin inflexiones ni matiz alguno, y aquella precisión y
ponderación impersonales, resultaban de todo punto inolvidables. En un primer momento no me detuve a
preguntarme si la inteligencia que había detrás de aquel chirrido era idéntica
a la que me había hablado a mí; pero no tardé en reflexionar que cualquier cerebro podría emitir sonidos
vocales parecidos a aquellos si se lo conectaba al mismo aparato emisor de palabras, con las
únicas diferencias del idioma, ritmo, velocidad y forma de pronunciación.
Completando aquel espectral coloquio podían oírse dos voces humanas: una el habla tosca de un desconocido
que tenía todas las trazas de un campesino, y la otra tenía el suave acento
bostoniano del que fuera mi guía Noyes.
Mientras trataba de captar las palabras que de modo tan frustrante
interceptaba la gruesa tarima, oí un montón de chirridos, traqueteos y ruidos
producidos por algo que se movía en el cuarto de abajo así que forzosamente
saqué la
conclusión de que estaba lleno de seres vivos, en número muy superior a los pocos cuya voz podía
identificar. La naturaleza exacta de aquellos ruidos resulta extremadamente
difícil de describir, pues apenas se cuenta con elementos de comparación
fiables. Los objetos parecían moverse de
cuando en cuando en la habitación como si de seres conscientes se tratase; el
sonido de sus pisadas se asemejaba al de un chapaleo intermitente sobre algo
duro, como si los pies avanzaran por superficies irregulares de asta de toro o caucho resistente. Era, para utilizar
una comparación más gráfica pero menos precisa, como si personas calzadas con
zuecos sueltos y astillados arrastraran y traquetearan los pies por la
barnizada tarima. Preferí no especular sobre la
naturaleza y aspecto físico de los autores de aquellos sonidos. No tardé
en comprender que cualquier intento por captar una conversación coherente se
vería abocado al más irremediable fracaso. Palabras sueltas —entre las que distinguí el nombre de
Akeley y el mío— llegaban de vez en cuando a mis oídos, sobre todo cuando
hablaba la máquina emisora de palabras, pero su verdadero significado se me
escapaba debido a la falta de un
contexto donde encajarías. Aún hoy me niego a extraer conclusiones definitivas
de aquellas palabras, aun cuando el
terrible impacto que me causaron tuvo más de sugeridor que de revelador. De
lo que estaba convencido era de que justo debajo de mí se hallaba reunido un
terrible y monstruoso cónclave, pero no sabría decir el motivo de sus espeluznantes
deliberaciones. Resultaba extraño que me invadiera semejante sensación preñada
de imágenes incuestionablemente malignas y monstruosas, a pesar de las
garantías que me había dado Akeley sobre la cordialidad de los Exteriores.
Tras una paciente escucha comencé a distinguir claramente las voces, si
bien apenas podía entender lo que decían. Detrás de algunos de los que hablaban
me pareció captar ciertos rasgos temperamentales. Una de las voces susurrantes,
por ejemplo tenía un indiscutible tono autoritario; mientras que la voz
metálica, a pesar de su artificiosa estridencia y regularidad, parecía hallarse en una situación subordinada e
implorante. La voz de Noyes rezumaba un tono conciliador, en tanto que
las otras me fue imposible interpretarlas. No oí el ya familiar susurro de Akeley, pero sabia
perfectamente que su voz no podía en modo alguno traspasar la gruesa tarima del suelo de mi habitación.
Trataré de reproducir a continuación algunas de las inconexas palabras
y sonidos que llegaron hasta mí, identificando, lo mejor que pueda, a quienes
las pronunciaban. Las primeras frases mínimamente inteligibles que reconocí
procedían de la máquina parlante.
(La
máquina parlante)
«... lo traje conmigo.., devueltas las cartas y la grabación... el
final de todo... recibido... ver y oír... mal dita sea... fuerza impersonal,
después de todo... cilindro nuevo y reluciente... Dios Todopoderoso...»
(Primera
voz susurrante)
«... el tiempo detuvimos.., pequeño y humano... Akeley... cerebro...
decir... »
(Segunda
voz susurrante) -
«... Nyarlathotep... Wilmarth... grabaciones y cartas... burda
patraña... »
(Noyes)
(una palabra o nombre impronunciable, posiblemente N’gah- Kthun) ... inofensivo... paz... par de semanas... teatral...
ya se lo advertí... »
(Primera
voz susurrante)
«... ningún motivo:., plan original.., efectos... Noyes puede
vigilar... Round Hill... nuevo cilindro.., coche de Noyes. . . » (Noyes)
.... bien... todo suyo... aquí abajo...
descansar... lugar... » (Varias voces a la vez, imposibles de distinguir)
(Muchas pisadas, incluido el peculiar sonido del arrastre o traqueteo
de los zuecos.)
(Extraño
sonido batiente)
(El ruido de un automóvil arrancando y echando marcha atrás.)
(Silencio)
Esto es, en sustancia, lo que captaron mis oídos mientras permanecía
tumbado sin moverme en aquella cama del piso superior de la granja encantada
perdida entre aquellas endemoniadas montañas. Allí estaba, tumbado y sin
desvestirme, con un revólver en la mano derecha y una linterna de bolsillo en la izquierda. Como ya he dicho, me
desperté del todo; pero una extraña parálisis me impidió cualquier movimiento
hasta mucho después de extinguirse el último eco de aquellos ruidos. Volví a
oír el machacón y lejano tic-tac del antiguo reloj de Connecticut en algún
lugar del piso de abajo, y, al cabo de un rato, el sonido intermitente de unos
ronquidos. Akeley debió quedarse adormecido tras
aquella increíble sesión... y yo entendí perfectamente su necesidad de
descansar.
No sabía qué pensar o hacer en tales circunstancias. Después de todo,
¿qué había de nuevo en todo lo que
acababa de oír que no pudiera esperar de lo que ya sabía? ¿Acaso no sabía que
los nefandos Exteriores tenían ahora libre acceso a la granja? Sin duda, Akeley
debió verse sorprendido por una inesperada
visita de aquellos seres. Pero algo había en
aquella fragmentaria conversación que me produjo un tremendo escalofrío, suscitando las más grotescas y espantosas dudas y haciéndome desear
fervientemente que me despertase y
comprobase que no había sido sino un
sueño. A mi juicio, mi subsconciente debió captar algo que aún no habla
reconocido a nivel consciente. Pero, ¿y Akeley?
¿Acaso no era mi amigo y habría tratado de evitar por todos los medios
que se me infligiera el menor daño? Los apacibles ronquidos que subían de la
planta inferior no hacían sino dejar en
ridículo todos los temores que repentinamente se habían apoderado de mí.
¿No seria posible que estuvieran
aprovechándose de Akeley y lo utilizaran de cebo para atraerme a las montañas
con las cartas, las fotografías y la grabación fonográfica? ¿Buscaban aquellos
seres nuestra destrucción porque habíamos llegado a saber demasiado? De nuevo me vino a la cabeza el insólito y
abrupto cambio operado entre la penúltima y la última carta de Akeley. Algo, mi
instinto me lo decía, no encajaba nada bien en todo aquello. Las cosas no eran
lo que parecían. Aquel amargo café que rehusé tomar... ¿no habría sido un intento de drogarme por parte de alguna
fuerza oculta y desconocida? Tenía que hablar con Akeley y sin perder un segundo, y hacer que recobrase el
sentido de las cosas. Aquellos seres le tenían hipnotizado con sus promesas de
revelaciones cósmicas, pero ya era hora de que atendiese a razones. Debíamos
salir de allí antes de que fuese demasiado tarde. Si Akeley carecía de la
fuerza de voluntad necesaria para recobrar la libertad, trataría de infundírsela yo. Y si no lograba persuadirle para salir de allí, al menos me
iría yo. Supongo que me permitiría llevarme su Ford, y luego se lo dejaría en
un garaje de Brattleboro. Lo había visto en el cobertizo —la puerta estaba sin cerrar y abierta
ahora que el peligro parecía haber pasado— y me imaginé que estaría listo para
utilizarlo. La momentánea aversión que me produjo Akeley en el transcurso y
después de la conversación que mantuvimos por la tarde habla desaparecido por
completo. Se hallaba en una
situación muy parecida a la mía, y debíamos correr la misma suerte. Sabiendo lo
mal que se encontraba, detestaba tener que despertarle en semejante trance,
pero no me quedaba otro remedio. Tal como estaban las cosas, no podía
permanecer en aquel jugar hasta que amaneciera.
Finalmente me sentí con fuerzas, y me desperecé enérgicamente para recobrar el dominio de mis músculos. Levantándome con una precaución más
impulsiva que pre- meditada, agarré el sombrero y me lo puse encima, cogí la maleta y comencé a bajar las escaleras
con ayuda de la linterna. En mi nerviosismo, seguí sin soltar el revólver que
llevaba en la mano derecha, y con la izquierda cogí la maleta y la linterna. En
realidad no sé por qué tomé tales precauciones,
pues simplemente me dirigía a despertar a la única persona a excepción de mí
mismo que se hallaba en aquella casa.
Mientras bajaba medio de puntillas los crujientes escalones que
llevaban al vestíbulo de entrada, pude oír con mayor nitidez que alguien dormía
por los ruidos que sallan de la habitación
que había a mi izquierda: el cuarto de estar en el que no había entrado. A mi
derecha se abría la densa oscuridad del estudio en que había oído las voces.
Abrí la puerta sin cerrar del cuarto de estar y dirigí la luz de la linterna
hacia el lugar donde se oían los ronquidos, dirigiéndola finalmente a la cara
de quien se encontraba allí durmiendo. Pero al instante aparté la luz de aquel
rincón e inicié una sigilosa retirada hacia el vestíbulo. Esta vez mi
precaución tenía un fundamento racional a la vez que instintivo: quien dormía
en el sofá no era ni mucho menos Akeley, sino el que fuera mi gula, Noyes.
No me hacía una idea clara de qué era lo que realmente pasaba allí,
pero el sentido común me dijo que lo más prudente era averiguar cuanto fuese
posible antes de despertar a nadie. De
vuelta en el vestíbulo, eché silenciosamente
el cerrojo de la puerta del cuarto de estar
detrás de mí, con lo que se vieron muy reducidas las posibilidades de
que Noyes se despertara. Con suma precaución
entré seguidamente en el oscuro estudio, donde esperaba encontrar a Akeley, ya
fuese dormido o despierto, en la butaca del
rincón en que solía descansar. Según avanzaba,
el haz de mi linterna se posó en la gran mesa, iluminando uno de los diabólicos
cilindros conectado a las máquinas visual y auditiva, a cuyo lado había una máquina
parlante, lista para ser conectada en cualquier momento. Me imaginé que
debía tratarse del cerebro envasado al que había oído hablar durante la
horripilante alocución que hube de aguantar. Incluso se me
pasó por la cabeza el perverso impulso de conectarlo a la máquina parlante y
ver qué decía. Debió advertir mi presencia, pues aquellos dispositivos visuales
y auditivos no podían dejar de detectar el haz de luz de la linterna ni el
débil crujir del suelo bajo mis pies. Pero, finalmente, no me atreví a tocarlo.
De pasada, vi que se trataba del nuevo y reluciente cilindro con el nombre de Akeley que había visto encima del
estante y que mi anfitrión me rogó que no tocara. Cuando pienso en aquel
momento, no hago sino lamentar mi cobardía por no atreverme a hacer hablar al
aparato. ¡Dios sabe qué misterios y
espantosas dudas y cuestiones sobre su identidad podría haber despejado! Aunque, después de todo, quizá
hice bien en no tocarlo.
De la mesa dirigí la linterna al rincón donde creía que estaría Akeley,
pero mi sorpresa fue mayúscula al comprobar que en el butacón no habla nadie, ni dormido ni despierto. Por el
suelo, arrastrando del asiento, vi el viejo y familiar batín de Akeley, y junto
a él la bufanda amarilla y los grandes vendajes para los pies que tanta
extrañeza me causaron. Como dudara,
haciendo cábalas sobre el paradero de
Akeley y por qué se habría desembarazado de repente de sus prendas de enfermo
observé que había desaparecido de la habitación el extraño olor y sensación
vibratoria que había experimentado antes. ¿A qué se debería? Curiosamente,
caí en la cuenta de que sólo lo había
notado en la proximidad de Akeley. Aquellas sensaciones eran más intensas en el
rincón donde él estaba sentado, e inexistentes fuera del estudio o de las
inmediaciones de su entrada. Me detuve, dejando vagar al haz de la linterna por el estudio a oscuras y devanándome los
sesos por tratar de encontrar una explicación ante el nuevo cariz que tomaba el
caso.
Ojalá hubiera salido sigilosamente de aquel lugar antes de dejar que la
luz de la linterna volviera a recaer sobre el sillón vacío. A lo que se ve, no
obré con excesiva cautela al salir,
pues solté una ahogada exclamación que debió sobresaltar, aunque no
despertar del todo, al centinela que dormía al otro lado del vestíbulo. Aquel
grito, y los ronquidos aún no interrumpidos
de Noyes, fueron los últimos sonidos que oí en aquella tenebrosa granja al pie
de la oscura y frondosa cima de la
montaña encantada ¡todo un foco de horror trans- cósmico entre las desoladas
montañas verdes y los maldicientes
arroyos de aquella espectral campiña!
Lo raro es que con la precipitación no dejara caer la linterna, la
maleta y el revólver, pero lo cierto es que no perdí nada. Conseguí salir de la
habitación y de la casa sin hacer más ruidos, llegar, junto con mis
pertenencias, hasta el viejo Ford que se encontraba en el cobertizo y poner en
marcha aquel vejestorio, y emprendí una loca huida en busca de algún lugar
seguro a través de la noche oscura y sin luna. Lo que siguió fue una escena de
delirio digna de la pluma de un Poe o Rimbaud o del lápiz de un Doré, pero
finalmente llegué a Townshend. Eso es todo. Si aún estoy en mi sano juicio,
puedo considerarme más que afortunado. A veces recelo ante lo que nos depara el
futuro, sobre todo ahora que tan sorprendentemente ha sido descubierto el nuevo
planeta Plutón.
Como he dicho, después de recorrer toda la habitación dejé que la luz
de la linterna se posara en el vacío
butacón. Por vez primera, advertí la presencia sobre el asiento de varios
objetos que apenas dejaban ver los pliegues sueltos del batín. Eran los
objetos, tres en total, que los investigadores no encontraron en su posterior
visita a la granja. Como dije al principio, no tenían nada de horroroso en
apariencia. El problema radicaba en lo que dejaban intuir. Incluso ahora hay
momentos en que me asaltan dudas... momentos en los que casi llego a aceptar el
escepticismo de quienes atribuyen aquella irrepetible experiencia al sueño, a
los nervios o a un simple espejismo.
Los tres objetos eran dispositivos endiabladamente so- fisticados, e iban provistos de
ingeniosas pinzas metálicas que se
conectaban a articulaciones orgánicas de las que, francamente, prefiero no
hacer conjetura alguna. Espero, lo
espero con toda ¡ni alma, que se tratara simplemente de las obras en
cera de un escultor magistral, no obstante lo que mis más recónditos temores me
inducen a pensar. ¡Dios mío!
¡Aquel susurrador en la oscuridad con su enfermizo olor y sus vibraciones! Brujo, emisario, portavoz
del averno, ser ajeno a este
mundo... aquel espantoso y amortiguado susurro... y todo el tiempo en aquel
cilindro nuevo y reluciente del estante... pobre diablo... «Prodigiosa destreza
quirúrgica, biológica, química, mecánica...
Pues lo que había encima del butacón, perfectos en apariencia hasta el menor y más
inimaginable detalle, eran el rostro
y las manos de Henry Wentworth Akeley.
FIN

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